La sublime marea de lo cotidiano


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© Allan Wallberg

Se huele el otoño y se practica. Respiramos y sentimos ese tono dorado, ese añil de los árboles, el frescor entre las calles y los campos. Podemos rozar en silencio, con dulzura, el tardío lapso de la intermitente cotidianidad. Sólo cuando posamos la mirada en lo pequeño es cuando nos damos cuenta de lo grande que resulta todo cuanto nos rodea. El otoño ya contiene dentro de sí el invierno y el invierno espera en su palpitar invisible la primavera. El ciclo es apasionante.

La vida resulta como una marea que mece nuestros latidos. El susurro del alma se despoja despacio y sutil entre las yemas y los pétalos de nuestro ser. No somos del todo consciente de la magnitud de nuestra aura, de sus colores que navegan en astral simpatía. Ni siquiera nos percatamos de esa lucecita que sale de nuestro interior, iluminando al avispado ángel portador de llamas. Las hadas lo circundan todo, afanosas, atrapadas en esa niebla que nos separa de su mundo para no interceder en su laboriosa tarea. Dicen que un gran número de ellas viven en el reino de Avalón, el cual, en la nueva era de magia y compartir se extenderá por todos los hemisferios.

Y luego esos circulitos que están por todas partes, que forman un rompecabezas aritmético cuya numerología nos traslada hasta la perfección de las cosas. La sagrada geometría invisible, caótica en la aparente ignorancia pero precedida de un orden perfecto. El caos es sólo una percepción parcial. Cuando no tenemos todos los datos, cuando no disponemos de toda la información, todo nos parece malo, caótico, demoniaco, irreductible. Pero desde la mágica perspectiva, desde la distancia de todas las cosas, el calor nos abrasa en ese continuo baile sinfónico.

Hay un plan que se teje en lo caótico. Sólo nos falta entendimiento para abrazar la sublime marea de lo cotidiano. Nos falta ese contacto con la poesía y el arte, con la pasión espiritual del alma libre, con la mística de las esferas que se reproducen una y otra vez en todas las cosas. En el sol, en la gota de agua, en la flor, en los átomos. Círculos dentro de más círculos, atrapados en ese plasma caótico ordenado por el abrazo del Absoluto, de lo Incognoscible, de lo Inabarcante. Lo inescrutable es indefinible, por eso desarrollamos la intuición para entender que la magia de lo cotidiano está plagado de señales, de motivos, de alegrías interiores, de complicidades con ese perfume amigo, con esa sonrisa añeja, con ese tremolar otoñal que ahora nos abraza sin presura. Y las hadas, que revolotean por todas partes donde hay paz y orden, belleza y luz. Especialmente donde hay alegría, que es, junto al entusiasmo, la señal de que estamos vivos, luminosos, bellos.

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4 thoughts on “La sublime marea de lo cotidiano

  1. De vez en cuando me paso días sin leerte.
    En los anteriores, he estado cerca de ti mientras tú no estabas, sin que haya sido obstáculo para tenerte presente -teneros presentes-.
    Veo con placer que la cuenta de resultados del bello negocio va in crescendo; imparable. De modo que en breve, y parece que sin contar con el peaje de usura, comenzaremos la reconstrucción de Jerusalem.
    Habrá que ir pelando patatas…

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