Hacia una sociedad lúcida


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© Hardibudi

 

No deja de ser paradójico que una ciudad como Madrid, que aspira a ser ciudad olímpica, cada día esté más sucia y dejada. Hoy sentía cierta vergüenza cuando paseaba por el barrio de Malasaña donde vivo. Me paraba a recoger del suelo cientos de basuras que unos y otros vamos dejando en las calles sin ningún tipo de consideración. El olor me recordaba a ciertos lugares de la India donde deambulábamos en los slums para sacar sonrisas a los niños más desfavorecidos. Pero no estábamos en ningún slum de la India: esto era Madrid, España, Europa.

Así que en silencio, sin decir nada excepto ahora, me limitaba a recoger una lata de cerveza o un trozo de cartón o apagando indiscriminadamente esas colillas que tiramos al suelo olvidando la pequeña catástrofe ecológica que ocasiona cada vez que la lanzamos sin ningún miramiento a su destino callejero.

Realmente el gesto de agacharme y recoger la basura, como hacía cuando vivía en La Montaña constantemente, no requería ningún esfuerzo. Sólo se trataba de un gesto más de tantos y tantos que se pierden al día, al minuto, al instante. No sé si el mismo sirvió de algo. No sé si quedó grabado en la pupila de alguien. No me importaba, pero sí me avergonzaba tener que hacerlo por descuido de unos, algunos ciudadanos incívicos, y la dejadez de otros, los gobernantes preocupados por fomentar el juego en Eurovegas y las Olimpiadas.

Juego por doble partida, para añadir una alegría al país, como decía nuestro presidente. Cuando lo que menos necesitamos ahora es añadir ilusionismo. Trabajo, trabajo, trabajo. Eso sí, pero trabajo en la consciencia de unos y de otros para empezar, como mínimo, a ser lúcidos y dejar de ensuciar, con pequeños y minúsculos gestos, nuestras calles, nuestros cuerpos y nuestras almas.

A veces creo que vivimos en una sociedad marginal, marchita, incapaz de removerse ni un ápice para cambiar o mejorar. Otras veces veo gestos que me hacen tener especial esperanza en una humanidad abocada al desastre de no corregir las pequeñas conductas diarias. Sólo necesitamos eso, pequeños gestos, pequeñas conductas para crear una sociedad más lúcida, más amable, más bella. ¿Cuántos estamos dispuestos a recoger, como mínimo, nuestra propia basura interior? ¿Y la de la calle? Hoy hice mi pequeño gesto. Y no lo digo en voz alta para creerme mejor o más lúcido que nadie. Lo digo para animar al otro, para zarandearlo, para que se moje. Es la única forma de intentar volcar esa esperanza en el otro.

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