Sigamos haciendo camino, y si hay miedo, lo hacemos CON miedo


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Estaba sentado en un rincón de la biblioteca que hay en Conde Duque. Desde aquí tengo un gran ventanal que me acompaña mientras escribo todas las tardes, un tranquilo rincón desde el que diviso grandes árboles que nos empujan fuera, nos arrebatan a ese mundo de sueños y descubrimientos más allá de la rutina y el tedio. Mirando sus hojas y amplios tallos me acordé de una amiga, que de alguna forma se ha convertido en un referente, en una guía, en esa sensación extraña a la hora de radicalizar la vida.

No es la primera vez que esa sensación nos persigue. La tenemos identificada y sabemos que no se trata de una huida, si no de una apuesta radical hacia un modelo de vida diferente. Asusta porque esa forma de guiarnos hacia la radicalidad, alejados ya, por fin, del cómodo y facilón camino medio, produce vértigo.  Nos damos cuenta, escribiendo en voz alta, que no deseamos ser parte de algo grande y ambicioso. Que no deseamos ser partícipes de ese hormiguero oscuro en el que hemos dejado de creer. Lo que realmente nos motiva, lo que realmente se retuerce en nuestro interior es la idea de dejarlo todo y marcharnos a ese lugar tranquilo, tan lleno de calma, a quitar hierbas y limpiar piedra a piedra todos los muros de la casa. No es un proyecto baladí ni improvisado, es la consecución de una trayectoria que ha campeado por demasiadas sendas baldías. Me refiero a esas sendas que la sociedad nos marca como correctas. “Servir a las cosas, servir al tedio”. Y la idea de marcharnos a quitar hierbas es en realidad un acto de radicalidad profunda, de estoica filosofía, de pura mística al servicio de la razón, de efervescencia rebelde inclinada a resolver, desde un acto sencillo, una compleja realidad de la que ya no queremos ser partícipes. Ya no podemos seguir sirviendo a dos amos desde la comodidad del camino medio. Es hora de convertirnos en pescadores y dejarlo todo para ganarlo todo.

“De qué sirve ganar, si no ganan conmigo los que vienen detrás”, nos dice León Gieco… “Sigamos haciendo nuestro camino, y si hay miedo, lo hacemos CON miedo”, decía hoy en una red social un buen amigo.

Septiembre casi consigue absorbernos con sus diez mil cosas. Pero ahí están los árboles que también se retuercen y gritan al viento su propia melodía, recordándonos a cada instante la urgencia del vivir.

“¿Qué hacemos? ¿A qué esperamos? ¿Que es eso que nos debilita y nos aprisiona de esta manera? ¿Cómo percibes ahora tu inquietud después de tu segundo viaje a Escocia? Cuéntame porque necesito saber qué sientes tras tanto y tanto cambio interior. El mío, que está a punto de caramelo para terminar de lanzarme a ese salto necesario, sólo espera paciente ese empujoncito final”. Esto le escribía hoy a una amiga deseosa de radicalizar su vida, de caminar su vida, con o sin miedo. En esas estamos, caminando, sin duda, convencidos, firmes.

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