Amor a dos luces


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En el desierto del Gobi estaba paseando con el niño santo, Noel. Mientras buscábamos la invisible Shamballa entre sus dunas, al fondo vimos un grupo de camellos que pastaban dóciles. Me acerqué junto al niño y de forma casi milagrosa pudimos acariciar a uno de ellos. El camello, ante el impacto del encuentro, empezó a llorar ante nuestro asombro e incredulidad.
En ese viaje, además del camello, pudimos acariciar a un caballo salvaje y a un mirlo que vivía en uno de esos impresionantes templos budistas que te encuentras por toda Mongolia.
Mientras que hoy mis padres preparaban la maleta para mañana volver a la rutina de Barcelona, llevaba a Laura y su madre a pasear por la sierra de la Montaña. Es una buena época para poder ver de cerca los ciervos y hacer alguna espectacular foto al atardecer andaluz. La sierra, como siempre, se presentaba majestuosa. Llegamos hasta el antiguo monasterio del Tardón, en la apartada aldea de San Calixto. Allí nos encontramos con un simpático cura con ganas de conversación. “Si os habéis conocido en el Camino, seréis una pareja santa”, nos decía entusiasmado contándonos las aventuras de sus seis peregrinajes a Santiago.
Dimos un bonito paseo entre encinas y eucaliptos y a la vuelta volvíamos muy despacio y atentos ya “a dos luces”, momento propicio para contemplar toda la increíble fauna del lugar.
Empezamos a ver los primeros y tímidos grupos de ciervos cuando en un hermoso paraje vimos a dos jóvenes venados que curiosos se acercaban al coche. Pudimos hacerles algunas fotos y viendo que no salían corriendo, bajamos del coche para contemplarlos más de cerca.
Tras unos minutos disfrutando de sus destrezas con la ornamenta que utilizaban para arrancar ramas de las encinas más altas, huyeron tranquilos. Encima de la colina observé que había movimiento, así que me aparté curioso hasta llegar a un increíble paraje lleno de ciervos que pastaban tranquilos. De repente, uno de ellos se apartó de la manada y se acercó hacia mi. Incrédulo, pero recordando mis experiencias pasadas en el Gobi, me acerqué tranquilo hacia el animal. En un momento de auténtica magia, tuvimos nuestro primer contacto, abrazándonos y acariciando todo su cuerpo mientras ambos nos mirábamos fijamente a los ojos. No podía creer lo que estaba pasando. Le susurraba en el oído a la gran cierva que me acompañara hacia el lugar donde estaban Laura y su madre, las cuales no dieron crédito a lo que estaban viendo. La cierva se acercó emocionada hacia dónde estaban ellas hasta que a los cinco minutos apareció uno de los guardas de la finca y nos explicó que esa cierva había sido alimentada y criada por ellos mismos, de ahí su extrema confianza con el ser humano.
El encuentro y la historia en sí nos pareció hermosa y mágica, sobre todo al comprobar que el amor más allá de las especies es posible. Ahora que recuerdo la historia todo parece un imposible. Pero ahí está el testimonio gráfico para que pellizque ante la incredulidad de una tarde diferente y mágica. Buscaré a Noel, El Niño santo, y le diré que los animales que tanto defendemos todos los días aún nos aman y nos rozan con sus cuerpos vivos e increíbles.

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