Construyendo la nueva cultura


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Dedicado a los pocos…

Muchos de vosotros me habéis preguntado qué pasó con Claudio. Al día siguiente de instalarnos en Madrid, la policía volvió a contactar con nosotros. Los recibimos en casa y traían un extenso paquete de preguntas que intentamos responder una a una. Sentí mucha curiosidad por el caso y me ofrecí, como antropólogo y trabajador social, a ayudarlos en el mismo. Ellos no tuvieron ningún inconveniente y me puse manos a la obra. Como recordaréis, Claudio había desaparecido hacía unos días y según la policía local de Cadaqués, lo último que se encontró de él “eran mis cinco libros subrayados”. Esa fue al parecer la pista que el departamento de desaparecidos siguió para contactar con nosotros.

Realicé un informe de unas cinco páginas donde intenté recomponer el perfil y sacar algunas conclusiones con los datos que disponía. Enseguida descarté que Claudio se hubiera marchado a algún tipo de secta o grupo peligroso, y más bien intenté concluir el informe diciendo que podría tratarse de un caso típico de brote psicótico. Era lo que mi intuición, por mi propia experiencia pasada como trabajador social, me decía.

Al final Claudio, por suerte para todos, apareció en Madrid a los pocos días y con un cuadro muy similar al que días antes había dibujado. Me sentí aliviado por una parte y triste por otra al comprobar como a veces la mente nos traiciona, llenando nuestras cabezas de peligrosos arrebatos.

Cuando hace años trabajaba como trabajador social la norma era toparse con casos extremos de todo tipo. Esquizofrenia, paranoias de todo tipo, drogas, prostitución, indigencia, alcoholismo, enfermedades irreversibles, casos terribles de abandono, maltratos, violencia, violaciones, abusos, robo, muertes. Muchas veces todo estaba relacionado de alguna forma. Como si dentro de ese mundo laberíntico y caótico hubiera un submundo excluido e ignorado al que difícilmente accedemos si no es por algún tipo de estímulo, de ganas de ayudar o colaborar de alguna forma.

Mis primeros contactos con esa otra cara de la realidad fue cuando me alisté de joven como voluntario de Cáritas y Cruz Roja. Con catorce o quince años, recibir ese tipo de impactos y experiencias te marcan de por vida. En mi caso fue tal que mi primera carrera, trabajo social, quería dar salida a la convicción de que algo, aunque fuera mínimo, podríamos hacer para mejorar nuestra sociedad.

La realidad se impone de forma cruda. Eran tantas las atrocidades que podías llegar a contemplar y tratar en una sola mañana que llegar íntegro a casa podía ser todo un suplicio. Esos pocos desahuciados de la vida cada día son más. En según qué países, tal y como podría comprobar años más tarde en viajes a zonas totalmente endémicas, los pocos allí son muchos, o casi todos.

Y de ahí de nuevo la impotencia, y a veces la desesperación cuando caminas por la calle y contemplas atónito la ilusión en la que vivimos, la fragilidad de nuestra mentira humana y la podredumbre, que diría Ciorán, de todo cuanto nos rodea.

Pero no es tiempo de pesimismos. Es tiempo de esperanza, de trabajo, de mucho trabajo, de ir sembrando esas semillas que quizás de aquí a mil años alguien pueda recolectar. Cuando se construye una nueva casa, en este caso la casa no es más que el paradigma de una nueva cultura ética y humana, hay que dibujarla, hay que soñarla, hay que comprenderla y luego hay que materializarla. Hay muchos pensadores que están trabajando incansablemente, como arquitectos de este nuevo edificio, para poner las bases de lo que debe ser el nuevo mundo.

También hay muchos obreros que se están preparando para ejecutar pacientes los muros y pilares, las paredes de todo cuanto haya que hacer. Y artistas que llenarán de belleza este nuevo lugar. Y mecenas que ayudan en lo que pueden con sus bienes y esfuerzo. La utopía empieza por nuestra actitud y carácter ante el reto que tenemos por delante. Alejados de la ilusión y de la mentira, es hora de ponerse el traje, es hora de empezar a levantar una nueva cultura.

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