La fortaleza que nos guía


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Hace un rato, mientras tendía la ropa y el saco de dormir que hemos utilizado en el hotel Prius, me miraba las piernas sin motivo aparente. Sentía su fragilidad, su delgadez, la sensación de depender de su fortaleza estructural para desplazarme de un lado para otro. Recordaba cuando nada más llegar de Galicia esta tarde me llevaban hasta el cine para ver una de esas películas americanas que nada aportan al mundo excepto un par de horas de entretenimiento. Millones y millones de dólares reducidos a un par de horas de distracción. Salíamos de la sala Capitol y había tres chicas que tocaban de forma prodigiosa el violín en una de esas calles que bajan hasta Sol. Parábamos para escucharlas un rato y seguir así distraídos. Unos metros más allá, tres chicos americanos tocaban la guitarra y cantaban canciones de estribillo fácil y pegadizo. A todos nos gustaban sus melodías, quizás por eso, porque eran fáciles de seguir y no requerían pensar en nada mientras meneabas la pierna de un lado hacia el otro siguiendo el ritmo.

Había una brisa agradable a media noche. Unos policías jugaban con un grupo de niñas orientales en la plaza. Los turistas parecían tranquilos y felices. Dos niñas compartían una gran pelota en la puerta donde comprábamos una botella de horchata, la cual sería nuestra cena. La metimos en la nevera satisfechos pero el cansancio nos pudo más y terminamos en la cama, ella durmiendo y yo escribiendo estas reflexiones. ¿Para qué cenar? ¿Para qué seguir distrayendo los sentidos?

Esta mañana en Galicia rozábamos la hierba en los paseos que dábamos con la hermosa arquitecto y su despierto hermano por la finca. Entramos en las entrañas de la historia al contemplar cada viga, cada piedra quemada quién sabe si por algún antiguo fuego de esos que avivan los fríos inviernos de aquellas tierras. Intentábamos descifrar cada señal, el significado de cada esquina. Esto quizás fuera el lugar de los animales y seguro que aquello era la estancia de alguien importante, al contemplar las dimensiones de los espacios. Jugábamos con los significados mientras nos proyectábamos allí limpiando una por una cada piedra, en silencio, quizás con alguna sonrisa cómplice y tal vez arrebatados del frío que entraría por todas partes. La proyección era idílica en cuanto a la consecución de este primer reto: comprar el lugar.

La arquitecta nos advertía de la dificultad de darle forma a una casa tan grande y tan abandonada por el tiempo. Mientras escuchábamos atentos sus explicaciones recordábamos la noche que habíamos pasado perdidos en algún lugar de la sierra de Courel, una espectacular zona de montes impresionantes y bosques encantados cerca de allí que nos arropaba mientras podíamos ver desde las ventanas del coche la increíble noche y sus trémulas lágrimas de San Lorenzo cayendo sobre nosotros.

Ayer, unas horas antes de que cenáramos en el coche los restos de tortilla de patatas que Laura tan pacientemente había cocinado para el viaje, intentábamos negociar el precio de la finca con una inmobiliaria de Monterroso. Mi camisa y mi pantalón bien acordes con el momento contrastaban con el mismo calzado que llevé en el Camino de Santiago hacía tres meses y de los cuales no he podido desprenderme desde entonces, como si el Camino aún no hubiera terminado y aún fueran muchos los kilómetros por recorrer. Los mismos calzados con los que hoy he ido al cine y que miraba mientras tendía la ropa pasada la media noche. Tras la fragilidad aparente, porque por una parte somos seres frágiles que gustan de distraerse viendo películas que cuestan millones de dólares o escuchando violines en las calles, notaba que había una gran fortaleza en ellos. Unos zapatos que fueron capaces de soportar mis pies cansados en todo el Camino y que ahora resistían los avatares del nuevo Camino, sin prisa por abandonar el trecho que aún queda por recorrer. Un trecho que sin duda será duro, pero no más duro que esas nieves de primavera que hoy recordábamos en un O Cebreido muy cambiado, sin nieblas ni frío, o esos interminables caminos que nos llevaron, casi cuarenta días después, a las puertas de lo que ahora está sucediendo.

Es fortaleza lo que traemos de este viaje a Galicia, porque somos conscientes de que ningún obstáculo podrá detenernos ni distraernos de nuestro propósito interior. La seguridad interior es mayor que la fragilidad, y a ella nos debemos. Por eso, a pesar de todo lo que este fin de semana nos ha mostrado de duro, estamos hinchados de valor y coraje y seguiremos adelante. La fortaleza nos guía, el amor nos empuja.

(Foto: Ayer en O Couso, tras la entrevista que mantuvimos con la inmobiliaria que gestiona la finca).

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