Reencuentros con el ser


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Ayer tuvimos una bonita cena de reencuentro con el grupo que viajó hasta Findhorn en julio. Les contábamos felices como la gente estaba colaborando con el proyecto de Galicia, donde mañana viajamos para cerrar algunas cosas. Estamos emocionados por ver como tantas y tantas personas están apoyando lo que algunos ya llaman un proyecto de esperanza en el ser humano.

Fue hermoso estar de nuevo con ellos, recordar ese lugar tan especial y comprobar como puede llegar a transformar nuestra visión del mundo, nuestras ganas de colaborar, aunque sea realizando cosas sencillas como preparar unas ensaladas recién cogidas de la huerta o limpiar el suelo de un lavabo. No importa la actividad que hagamos si la hacemos desde esa perspectiva, desde ese estado meditativo que nos permite gozar de la visión penetrante. Esa visión hace fluir nuestro ser interior, nuestro ser real. Nos aleja de esas capas invisibles, condicionantes, que la sociedad, que la familia, que el árbol genealógico ha tejido sobre nosotros. En ese estado nos reencontramos con nosotros mismos y empezamos a recordar quiénes somos, qué somos, a qué hemos venido. Es un momento de luz, placentero, pero también de inquietud, de duda, de miedo.

Cuando nos vemos a nosotros mismos tal y como somos todos los guardianes del umbral que han ido creciendo en nuestro espacio de confort y seguridad aparecen de repente para susurrarnos y recordarnos lo importante de todo aquello que hemos alcanzado. De repente hacemos un repaso de todas las cosas que tenemos, de todo el estatus que hemos conseguido gracias al esfuerzo de años y años. Realmente esa sensación de aparente seguridad parece absurda ante el reto de sabernos vivos y con deseos inquietantes de seguir explorando más allá de nuestras limitaciones.

Ayer comentábamos los riesgos de reencontrarnos con nosotros y de la necesidad de, una vez hecho ese contacto con nuestro interior, reorganizar nuestras vidas de forma amorosa pero también inteligente para seguir los pasos del nuevo sendero, de la nueva vida más estrechamente ligada al cúmulo de experiencias por encima del cúmulo de cosas. Las cosas de hecho se convierten en organismos secundarios que utilizamos si nos sirven para potenciar las experiencias. De no ser así, tenemos la capacidad de devolverlas a su lugar de origen a sabiendas de que todo ese cúmulo de objetos, sean los que sean, no podrán acompañarnos una vez extingamos nuestras vidas. Pero si tenemos alguna certeza con respecto a la vida que pueda existir tras la vida, de haberla, quizás sí podamos llevarnos esas ricas experiencias para seguir creciendo en este infinito transitar. Y de no ser así, al menos podríamos buscar la fórmula para poder compartir dichas experiencias y hacer de este mundo bueno, un mundo mejor.

El proyecto de Galicia pretende precisamente eso. No hacer meditaciones guiadas ni incitar a las personas a que hagan cosas extrañas. Simplemente acondicionaremos el lugar para que sea propicio y sensible, para que ayude a las personas a entrar en estado meditativo en las cosas simples y sencillas del día a día en la cocina o en el jardín o donde más guste, ayudando con ello a la posibilidad de reencontrarnos con nosotros mismos, con la lucidez, con la infinitud que nos espera, con la luz que nace en el interior de cada ser en un mundo necesitado y hambriento de belleza y amor.

(Foto: en la comunidad de Findhorn, trabajando en la cocina, julio de 2013).

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