El quinto cardinal


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Desde las tierras del sur recibía una sugerente brújula. Una amiga, recordando que el septentrión y el mediodía, el levante y el poniente se habían estrechado en vital búsqueda, me recordó el quinto punto cardinal, ese que poco es nombrado y que tantos y tantos persiguen cada día con más fe y esperanza: la utopía.

Me recordó mi búsqueda por esos ensayos que de alguna forma habían inspirados a unos y otros. Siempre me viene con cierta añoranza el lago Walden, en el bosque de Concord, en Massachusetts, donde Thoreau intentó sobrevivir durante dos años en plena naturaleza. Su vida inspiró a otros, especialmente a personas como Skinner, que en plena Segunda Guerra Mundial escribiría su conocida Walden Dos.

Los experimentos utópicos prosperan en tiempos de crisis. Persiguen adueñarse del ideal de un mundo mejor o, como mínimo, un mundo más anclado en las esencias que nos hacen humanos. El colapso de nuestras sociedades, queramos o no aceptarlo, incitan a muchos a replantearse la vida desde una perspectiva y valores diferentes.

¿Sé puede vivir mejor? Quizás no, porque materialmente, como sociedades avanzadas, ya hemos llegado a un techo casi aceptable donde, excepto en momentos de crisis como el actual, casi todas nuestras necesidades son satisfechas, y además, prolongando la esperanza de vida hasta los setenta o los ochenta años, el doble que en otras sociedades con peor suerte (no olvidemos, y seamos totalmente conscientes de que hoy día, la esperanza de vida a nivel global es de 64 años. En países africanos como Zambia, la esperanza de vida no llega a los 37 años). Siendo así, ¿de donde surge la renuncia a tantas y tantas cosas para volver al mundo sencillo, a una vida más simple, para contemplar el lago Walden y discurrir sobre el arte, la literatura, la música o la propia investigación científica? ¿Qué es esa cosa que nos incita a dejar títulos universitarios, doctorados, buenos puestos de trabajo, estatus y demás proto-esencias sociales para apaciguar nuestros días bajo un atardecer o una arboleda?

Ya sabemos que el ser humano es insaciable a la hora de interrogarse sobre los hechos de su propia existencia, y que esa persecución de respuestas le llevó a explorar mundos desconocidos más allá de los límites establecidos. Eso ocurre también en la vida social. Una vez que ya hemos llegado a los límites de la socialización, necesitamos bucear en otras respuestas, experimentar con otros límites, volver a las esencias tal y como las describía el sociólogo alemán Ferdinand Tönnies con respecto a la comunidad.

Esta sociedad, que perdió el norte hace mucho tiempo (quizás en la Segunda Guerra Mundial con Hitler o Hiroshima y Nagasaki), necesita una nueva brújula, un nuevo punto cardinal que señale un nuevo rumbo. Y ese punto cardinal quizás no sea otro, como me recordaba esta tarde mi buena amiga, que la utopía.

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