Ataraxia en el Jardín de Epicuro


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Hace 200 años, los estadounidenses hubieran pensado que eras absurdo si abogabas por la abolición de la esclavitud. Hace 150 años, se habrían reído de ti por sugerir que las mujeres deberían tener derecho al voto. Hace 75 años, se habrían opuesto en voz alta a la idea de que los afroamericanos reciban la igualdad de derechos bajo ley. Hoy se ríen de nosotros por sugerir que la esclavitud de los animales no humanos se termine. Algún día no se reirán más.”  Gary Smith.

Los existencialistas suelen ser personas excesivamente inteligentes pero desorientadas en el plano vital. Asumen que la vida es una derrota y que no vale la pena seguir en ella. Son “derrotados sociales” que huyen o se esconden, porque, en la mayoría de las veces, ven la vida con desesperanza y desespero. “No hay nada que hacer”, piensan.

Los vitalistas llegan a conclusiones parecidas a los existencialistas, pero su actitud ante la pésima visión del mundo les hace combatirla de alguna forma. Son igual de inteligentes que los primeros, pero además, rebosan un optimismo hacia el mundo sin igual, creando movimientos o escuelas que intentan optimizar los conflictos y las crisis para aliviar el dolor humano.

Ambas actitudes están rebasadas por una inteligencia privilegiada que les hace contemplar la vida de forma diferente, inconformista y combativa. Ambos, existencialistas y vitalistas, intentan llegar a una especie de ataraxia, unos por el camino de la vida y otros por el camino de la derrota, de la extinción, el ocaso, el final. Optimismo y pesimismo ante un mismo hecho pueden tener resultados completamente diferentes en unos y otros.

Epicuro de Samos era de los primeros, un vitalista que intentó buscar algún tipo de alternativa ante los conflictos que se presentaban en su época. Pensó mucho sobre la normalidad y la anormalidad. Ambas se miden con raseros aparentemente diferentes según el observador. El canibalismo era una práctica normal hace algunos miles de años. Tan sólo hace cien años era normal que las mujeres no pudieran votar. O que los negros no pudieran sentarse en los mismos restaurantes o asientos de autobús que los blancos. O incluso hasta hace poco era normal el fumar en los restaurantes un puro habano o… ¿el comer carne roja delante de los niños? ¡Ah, perdón, eso aún es normal!

Para Epicuro no lo era. Fue vegetariano, como lo fueron personajes bien conocidos: Aristóteles, Diógenes, Cicerón, Sócrates, Platón o Séneca, por citar algunos clásicos. Además, un día decidió alejarse del mundanal ruido, consciente de que la vida, según su criterio, sólo podía amarse en plenitud en contacto directo con la naturaleza. Creó lo que dio por llamar “El Jardín”, una escuela en un lugar paradisíaco donde cultivaba una huerta y practicaba sus enseñanzas, principalmente aquellas que tenían que ver con la ataraxia, es decir, la ausencia de perturbación ante los placeres y el dolor. Su doctrina, lo que más tarde se dio por llamar epicureísmo, se define como ese sistema filosófico que busca una vida buena y feliz mediante la administración inteligente de placeres y dolores. Su regla de oro, la ética de la reciprocidad, que más tarde recuperaría la Ilustración, era bien sencilla: minimizar el daño, de los pocos y de los muchos, para así maximizar la felicidad de todos. ¿No se trata precisamente de esto?

Para Epicuro, esta felicidad pasa necesariamente por la vida simple o la simplicidad voluntaria, es decir, la felicidad y el bienestar deben conseguirse mediante el mínimo coste de recursos, evitando siempre aquello que pueda considerarse superfluo. Ejemplos de este estilo de vida lo hemos visto en personas como Rabindranath Tagore, Gandhi o Francisco de Asís, pero también en nuestro querido Thoreau, que tanto nos enseñó en la cabaña que construyó el mismo junto al lago Walden y en la cual vivió dos años, dos meses y dos días.

Tras traspasar el umbral existencialista y volverme un vitalista completo y radical, siento ganas de seguir los pasos de un Epicuro y construir mi propio Jardín. Con ello no voy a conseguir cambiar el mundo, ni siquiera ser una parte importante en la influencia positiva que nuestra sociedad tanto necesita. Pero como nos enseñó Epicuro, estoy convencido que con este pequeño gesto, minimizaré el daño causado por el ser humano a la naturaleza de la que somos parte y al mundo. Minimizar el daño para así maximizar la felicidad de todos. No está mal.

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