La difícil tarea de construir un sueño


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No te juzgues por tus fallos… abrázalos con el mismo amor que haces con tus éxitos… al fin y al cabo, de eso nos componemos, de luz y oscuridad. Pero más allá de eso estamos nosotros brillando en nuestra quietud y nuestro propósito interior. Cuando buscamos esa llama, esa luz, perdemos por el camino muchas, muchas, muchas cosas… pero ganamos una cosa irrenunciable, nos ganamos a nosotros mismos, nuestra libertad y nuestra vida. Eso no tiene precio. Todos tenemos días malos, meses malos, años peores. No importa, lo importante es nuestra actitud ante esos retos y la transformación inevitable ante los mismos“. J.L.

Hay personas que son soñadoras y proyectores. Tienen un poder desarrollado capaz de materializar cualquier sueño o proyecto que imaginen, por ambicioso que sea. Buscan siempre las formas y las herramientas, los retos y los obstáculos adecuados para hacer de ellos impulsos que les eleven hacia la realización. No temen las barreras, no se anquilosan ante el desplante o la falta de oportunidades. No son capaces de inmovilizarse o de abandonar aquello por lo que creen firmemente.

Cuando conectan con un sueño, con la expresión profunda de un sentir que nace desde lo más hondo del interior, como si la vida les fuera en ello, se agarran a las dificultades para hacerlas su aliado.

Los sueños no son más que las señales inequívocas de aquellas cosas que tenemos pendientes. Es como si alguien proyectara en nuestra mente ese propósito interior que no somos capaces de ver o sentir, de escuchar ante el ruido diario y constante de la vida cotidiana.

Pero cuando, gracias al silencio interior, se escucha claramente, ya sólo queda un camino, el camino de la realización, de la intención, del impulso que nos eleva a remover cielo y tierra para alcanzar nuestras metas más nobles.

Tres meses encerrado en un zulo, ante el calor de la oscuridad y el silencio más absoluto dan para mucha reflexión interior. La primera apertura exterior fue para centrar aún más esa concentración conseguida. En la majestuosa sierra de Gredos se afianzó, en un increíble retiro Vipassana la agudeza del sueño, del propósito. Allí me topé con la impermanencia de todas las cosas, pero también con el sentido profundo de las mismas. Y especialmente, a estar atento, siempre atento a las señales del Camino.

Esa atención profunda, tras rechazar sendas invitaciones a Japón y Mozambique, me llevaron durante cuarenta días a atravesar las innegables cumbres del Camino de Santiago. Tres meses de profunda reflexión en una cueva oscura, diez intensos días de retiro en absoluto silencio y meditación más cuarenta días de abstracción profunda siguiendo las señales del Camino.

Estos acontecimientos, unos seguidos de otros, no parecían dispersar mi atención. Más bien todo lo contrario, se mostraban como un regalo para orientar el Camino. Centraban aún más el sueño, el propósito, el lúcido despertar hacia el Camino del Alma. Y ese Camino, que anteriormente había sido figurado y teñido de trampas y tentaciones que no pretendían otra cosa que desviarnos, ahora se mostraba dulce y amable, sereno, fuerte, dócil. Y a pesar de que en todo camino hay piedras, han podido ser superadas por la claridad y la confianza interior, sin menguar ni un ápice, sin ceder ni un solo milímetro sobre los pies. Por eso ahora nos lanzamos al mismo con esa decisión aplastante, superando uno a uno todos los obstáculos. Porque cuando la certeza nace en el interior, nada puede demorar la difícil tarea de construir un sueño.

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