La picadura del Absoluto


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Chögyam Trungpa, un maestro budista que nos habla del materialismo espiritual decía: “recorrer el sendero espiritual correctamente resulta ser un proceso sutil; no se puede emprender el camino con un salto ingenuo. Hay en el camino numerosos desvíos que sólo conducen a una visión deforme y egocéntrica de la espiritualidad; nos convencemos de que estamos creciendo espiritualmente cuando en realidad sólo fortalecemos nuestro egocentrismo por vía de las técnicas espirituales”.

Este camino y estos desvíos de los que sabiamente nos habla Chögyam Trungpa los hemos vivido plenamente en nuestras carnes. Tienen que ver en muchos casos con esa parafernalia que pervierte todo cuanto rodea a lo interior, ofreciendo expresiones de consumo de última generación, elaboradas y complejas teorías mistico-esotéricas, las últimas modas en artilugios de toda clase para poseer, aparentemente, una vida superior, mejor, espiritual.

Pero en verdad esas cosas nos alejan tremendamente de lo “espiritual”, porque no dejan de ser avisperos de egos que se reúnen en torno a una confusa y vaga idealización del misterio. Nada que ver con la sencillez del simple y humilde amor al prójimo, o del radiante ejemplo del sol como dador universal. En la espiritualidad materialista solo nos queremos a nosotros mismos, y sólo esperamos nuestra salvación.

La tarea difícil, la que reclama más cuidado y atención es bajar el ideal al mundo tangible sin hacer ruido, sin creernos de una raza diferente por practicar el último rito o emular cualquier meditación transcendental delante de un grupo de acólitos. Lo difícil es expresar simpatía, compasión y respeto, valga la paradoja de estas palabras, por aquello que nos acerca al infinito para llegar exhaustos al finito. Lo difícil es expresar humildad auténtica para reconocer que toda esa parafernalia que hemos construido alrededor nuestra no sirve de nada sino somos capaces de lo más sencillo, de lo más humano, de lo más leve.

Y reflexiono sobre estas cosas a unas horas de emprender un viaje largo en hotel Prius hacia el norte de Escocia. Un intensivo de una semana para comprender aún más las dificultades de poner en práctica el ideal, ahora que tan cerca estamos de vivirlo en nuestras carnes. Viajar hasta la bahía de Findhorn y convivir de nuevo, como hace unos años, con las gentes que me acercaron a la utopía, tiene mucho de parafernalia, quizás la última en un eslabón torcido que pronto será abandonado.

Esa será la tarea, cerrar un ciclo largo que empezó allí, con la escritura además del libro que dio nombre a este espacio, “Creando Utopías”, dotando a este tiempo de una nueva oportunidad para, ahora sí, hollar el sendero sin necesidad de deformaciones ni saltos ingenuos, sin desvíos y sin atolladeros que nos alejen de la esencia de ese Camino que en el plano ideal llevamos años transitando. Es hora de dar un salto aún mayor, de conjugar un compromiso más estrecho y seguir la línea de experimentación que se ha trazado para los próximos años.

Por lo tanto este viaje tiene mucho que ver con esa picadura del Absoluto que alguna vez describí en un libro de próxima publicación, esa picadura que te conmueve y no te deja vivir a no ser que sea mirando en lo profundo, sintiendo la alegre emoción de seguir en la llama viva y aprendiendo que nada sirve si no somos capaces de volver al círculo de la humildad absoluta, a la sincera práctica del amor sincero. Cuando el Absoluto te ha picado, ya no puedes volver la cabeza atrás. Todo se transforma y todo se encamina hacia un propósito claro y conciso. Ya no hay excusas. Ya no hay vuelta atrás. Sólo hay Camino y ese Camino sólo puede ser transitado en silencio, humildes, pobres. La falsa promesa de la abundancia nos desvía, porque el Camino ya es abundante de por sí, por lo tanto, lo único que necesitamos es perderlo todo para ganarlo todo. Caminar sin nada, caminar sedientos.

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