Embelleciendo nuestro mundo


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Todos los días gastamos miles de millones en cosas y acciones que no añaden nada a nuestra evolución ni a nuestra felicidad. Miles de millones en drogas, en golosinas, en licores y tabaco, en joyas, en pieles, en placeres y violencia, en armamento, en guerras, en inútiles acciones diarias que nos complican la existencia en vez de mejorarla.

Gastamos mucho dinero en distracciones que nos alejan de nuestro principio esencial, de nuestro camino en la vida, de nuestra lección vital para mejorar como seres y como raza. Vivimos aún, a pesar de los avances, anclados en el individualismo más arrollador, donde lo importante es satisfacer nuestros pequeños placeres diarios, empezando por ese derroche violento que ejercemos en la comida y ese derroche constante en pequeños gestos que provocan que la suma de todos ellos se conviertan en una plaga aniquiladora de planetas enteros.

No somos conscientes del poder que todos esos gestos provocarían si reutilizáramos esas acciones en cosas y acciones que ayudaran a la humanidad en su búsqueda por un nuevo camino, un nuevo despertar, unos nuevos valores que propagar y compartir. La existencia de una nueva civilización siempre empieza por el cambio gestual de nuestras acciones individuales, de nuestros pequeños gestos diarios.

Paradójicamente, se necesitan miles de millones para vencer al egoísta y endogámico materialismo. Se necesitan miles de millones para reconstruir nuestros valores y reconducir nuestro camino, para embellecer nuestras casas, nuestros hogares, nuestras ciudades, nuestros países con una luz diferente, con una belleza indescriptible que haga de nuestra vidas algo con sentido.

¿Cómo podemos invertir nuestros recursos en embellecer nuestro mundo? Primero hay que tirar y reciclar todo lo viejo. Vaciar nuestras casas de objetos inútiles, de cosas y cosas que hemos ido acumulando durante tanto tiempo. Esa higiene de “cosas” provocará una higiene de “energías” acumuladas en esas cosas que enturbian nuestras vidas, que la embrutecen y la confunden. Es necesario dejar de estar atrapados a esa energía, a esas cosas, y es necesario deshacernos de lo añejo para que la nueva luz pueda entrar. Cuando las cosas y los hogares se iluminan con esa nueva luz, empieza un bonito trabajo que nos ayuda a caminar más ligeros por el camino de la nueva consciencia. ¿Qué significa eso? Significa que estamos más libres y abiertos para conectar con nosotros mismos, ya alejados de los hilos y cadenas que nos atan a la vida cotidiana, a sus objetos, a sus energías. Por eso la limpieza es tan necesaria. Nos estimula y nos rejuvenece exterior e interiormente. Por eso debemos limpiarnos física, energética, emocional y mentalmente alejando de nosotros lo añejo y la podrido.

Luego es bueno decorar nuestras vidas con tonos suaves, con esa belleza que vemos en la naturaleza. Una planta, una piedra en alguna esquina, un cuadro que describa un amanecer, una pared blanca o celeste como el cielo… Es tan fácil hacer esa limpieza y redecorar nuestras vidas con nuevas energías.

Lo segundo es tener consciencia de las cosas que volvemos a meter diariamente en nuestras vidas e interrogarnos si esas cosas van a mejorar nuestra felicidad, y si realmente las necesitamos. Empezando por la esclavitud que durante eones se ha establecido en lo que comemos, en lo que vestimos, en lo que adquirimos. Más allá de las modas impuestas y de los gustos externos, ¿realmente necesitamos esas cosas?

Lo tercero tendrá que ver mucho con lo segundo y lo primero. Ya hemos cambiando la consciencia sobre lo que no queremos, sobre el cambio necesario, y ahora, ¿qué hacer con todo ese ahorro de nueva energía y nueva consciencia? Compartirlo… ofrecerlo al mundo para que mejore, para que sea mejor. Salir a la calle y barrer nuestro portal si está sucio. Ayudar a aquellos que ayudan a mejorar el mundo. Donar nuestro tiempo y nuestro dinero sobrante a causas que pretendan embellecer la vida de los demás, o crear nuestras propias causas. Haciendo esto pasamos del individualismo egoísta al pensamiento y la acción comunal, a la consciencia de grupo, de pertenecer a algo mayor. Nos convertimos, como decíamos ayer, en soles radiantes, en luminarias de un cielo nuevo y una nueva tierra plagada, incesantemente, e inevitablemente, de nuevos amaneceres. Hagamos de este mundo bello, un mundo mejor. Cumplamos con nuestra parte.

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