Ya es hora de levantarnos del sueño


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“¿Quién es el hombre que quiere la vida y desea ver días felices? Si tú, al oírlo, respondes “Yo”, Dios te dice: “Si quieres poseer la vida verdadera y eterna, guarda tu lengua del mal, y que tus labios no hablen con falsedad. Apártate del mal y haz el bien, busca la paz y síguela”. Regla de San Benito

Estaba releyendo la Regla de San Benito y me vino a la memoria esos primeros cenobitas, esos hippies de la época medieval que formaban monasterios para intentar llevar una vida mística, en comunidad y cerca de la esencia del Absoluto. En aquella época de revival espiritual eran muchas las voces que se levantaban en contra del mundo mentiroso, como lo llamaban algunos. Ese mundo no era otro que el del egoísmo, el de las guerras, el de la ilusión de la materia, que ellos creían provenía de las fuerzas de la oscuridad, del mismísimo Satanás.

Por eso se retiraban, desencantados de ese mundo mentiroso, a vivir una vida sencilla y austera lejos del ruido de la ciudad. Elegían lugares inhóspitos, normalmente en montañas inaccesibles. A esos lugares, de hecho, le llamaban “desiertos” o “montañas”, porque fue en el desierto donde Jesús se enfrentó durante cuarenta días al “mal”, y es en la montaña simbólica donde se accede al mundo angélico, al mundo divino que nos ha de mostrar una forma diferente de entender la existencia.

El propio Jesús decía: “¿quién es el hombre que quiere la vida y desea ver días felices?” No todos lo queremos, ni lo deseamos. A veces marchamos como muertos vivientes, autómatas que dirigen sus vidas hacia lo que el mundo mentiroso nos reclama. Y resulta difícil encontrar la plena felicidad cuando nos regimos por cadenas invisibles, cuando no somos capaces de vivir en la más profunda de la humildad, sin desear nada, sin poseer nada excepto el aliento suficiente para continuar propagando la vida y sus enseñanzas.

Siendo así, ¿quién habitará en su morada, o quién descansará en su monte santo?, tal y como decía el profeta. Es algo tan difícil. Es tan difícil en este mundo cada vez más iluso el poder desprendernos del maya que atormenta nuestra visión. Son tantas las cosas y los estímulos continuos, es tanto aquello que nos hipnotiza a cada instante, tenemos tanto que proteger y defender, ignorando que esas cosas jamás podremos llevarlas a ninguna parte tras este viaje.

¿Cómo entonces luchar contra tamaña fuerza, ante tamaña red de complicidades? Nadie nos enseñó a ese “déjalo todo y sígueme”. Eso es de locos, de personas que han perdido el norte o no han sabido adaptarse a las promesas del mundo grosero y basto. Aún estando tan cansados de ese mundo, seguimos en sus manos, arrancando de nosotros el sentido verdadero de la vida. Non nobis, non nobis, Domine Sed nomini tuo da gloriam, decían los templarios: nada para nosotros, Señor, nada para nosotros, todo para la gloria de tu nombre.

Ese todo para ellos y nada para nosotros tiene una profundidad poco entendida. Es el sacrificio del ego para que pueda nacer el espíritu puro, el alma que nos une a todos en esa comunión de lazos invisibles. Es doblegarnos ante esa realidad que ahora permanece oculta, velada y confusa por el mundo tramposo. Es apostar por la vida plena, perderlo todo para ganarlo todo en absoluta libertad y alegría. ¿Quién está dispuesto?

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