Saber, querer, osar y callar


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Cuando era apenas un joven adolescente impresionado por todo lo que la vida aún tenía que mostrar, recuerdo que conocí a un anciano de pelo y barba blanca, vestido todo de blanco, alto, nacido en Japón y gran conocido en Perú y Venezuela, artista, compositor, diplomático, había sido un poco de todo. Sus discípulos le llamaban maestro, y a mí eso, junto a toda la parafernalia que seguía todos sus movimientos me llamó mucho la atención.

De alguna forma se interesó por aquel joven asustado y una mañana me encerró en una habitación y empezamos a hablar durante horas que parecieron años. Me dijo algo que nunca olvidaré: Debes saber, debes querer, debes osar y debes callar. Era algo incomprensible para aquella mente aún no formada, abierta a todo pero sin un sostén seguro, ni intelectual ni crítico. Saber, querer, osar y callar. Eso era todo lo que aquel hombre, que meses más tarde moriría para desgracia de sus acólitos, pudo ofrecerme.

Ahora con la edad y con el tiempo veo que aquella frase encerraba un mensaje, un potente conocimiento, un gran arcano que se pronuncia desde un estado íntimo y acogedor y que nos devuelve a la sabiduría primigenia, al método correcto para comprender el obrar de los grandes seres que en silencio, siempre en silencio (callar) osan y construyen un mundo mejor desde el querer y el saber. Y es ese silencio el que les conduce a un estadio superior de consciencia que no es otro que el de la más absoluta de la humildad. La humildad del sabio y la humildad del poderoso que sin hacer ruido, construye mundos y universos. La humildad de saber callar, de saber escuchar todo lo que nos rodea, de aceptar la diversidad en la unidad, de saberse paciente y consciente de que todo lo que ocurre, todo cuanto pasa, no es más que el destello de algo superior, invisible, conexo a todo lo existente.

Toda esa ligazón de vida, de sabiduría que entraña respuestas pausadas, pero osadía, mucha osadía para emprender el trabajo de doblegar lo fausto a un destino más noble y propenso. Como aquel hombre sencillo, ataviado con su túnica blanca que casi sin decir palabra, o expresando tan sólo un vocablo capaz de traspasar la barrera del tiempo hasta este mismísimo instante, es capaz de fusionarse con el sonido de ese oleaje marítimo que ahora escucho frente a mí. No hay mayor poder que trabajar en silencio, y transformar consciencias como ese mirlo que se posa junto al camino, te mira y te sujeta toda la existencia en un arrebato de belleza y ternura. No hay mayor imperio que el de perseguir oleajes en el tiempo, y ser recordado en una noche cualquiera por haber mostrado al mundo tan sólo cuatro palabras mágicas, poderosas, eficaces.

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