Unos días en Madrid


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Ayer en Cadaqués hacía frío. Llovía algo y teníamos la estufa puesta. Hoy, cuando he llegado a Madrid, me ha sorprendido los treinta grados de temperatura y ese tono azulado en todas sus calles. Era un gozo ver a las gentes plagadas de alegría por el buen tiempo, en manga corta, por fin, con ganas de salir a la calle para no entrar.

Ha sido un viaje tranquilo, con la sorpresa de ver terminado ya el Eje Transversal que atraviesa toda la Cataluña interior por paisajes asombrosos de montañas y bosques interminables. Al fondo se podía ver todo el Pirineo aún nevado en algunas de sus cumbres más altas. Y en silencio, disfrutaba viendo como atravesaba media España desde la costa Brava hasta el interior, desde el mar hasta la meseta.

El zulito, la crisálida, seguía aquí, esperando algún síntoma de vida. Me ha gustado volver después de todo lo que ha pasado. Me he sentido a gusto entre sus paredes. Al fin y al cabo aquí se gestó toda la aventura que ahora puedo vivir.

Y también ha sido extraño reencontrarme con la soledad después de tanto tiempo acompañado. Este silencio, esta ternura a la hora de sentir el roce de la presencia inquieta y profunda.

Y también la añoranza del calor, de la estufa, de los abrazos, de las charlas, del amor juguetón, primaveral, del sonido del mar, de la complicidad en la mirada y también en el porvenir, y en el devenir, y en el paseo nocturno o la broma continuada.

Una mezcla de todo, como un tapiz que se abre multicolor en la esfera de la vida, como un palpitar hermoso que muestra cada cosa como es, en esa realidad sin juicios ni prejuicios, en esa transformación constante, en ese alineamiento con el alma y con las almas, y con el espíritu de todas ellas.

No termino de acostumbrarme a tanta belleza y esplendor en cada reguero de vida. Eso me hace feliz y amable, constante y despierto ante cada reto. No hay nada como sentirte en paz por dentro a pesar de todo y no hay nada como dar gracias constantemente por todo lo que ocurre en el susurro de la vida. Demos gracias por todo, incluso por ese constante fluir de respiración y palpitar, incluso por esas lecciones, a veces duras, que la vida nos trae para que sigamos creciendo. Demos gracias aquí y ahora, aunque tan solo sea porque podemos hacerlo.

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