El camino a lo más recóndito


foto

Llovía torrencialmente. Cogimos el coche temprano y desfilamos por todo el Empordà, dejando atrás el Maresme y atravesando Barcelona. Fuimos a ver a la familia y luego a dar un paseo con viejos amigos. Paseamos por el Gótico ya con un tiempo hermoso, cargado de sol y de luz, recordando viejos tiempos. Mi hermana me recordó cuando una vez la llevé, muy de joven, para escuchar a Mario Ruíz, un cantautor que solía compartir su música justo en frente de la catedral, en un lugar mágico al que acudía todos los sábados para disfrutar de momentos únicos. Le pedí a Mario que cantara la canción de “Yolanda” –así se llama mi hermana-. Ella me recordaba emocionada que no paró de llorar y que siempre retendrá ese regalo único.

Me emocionó evocar ese instante, o el que ella aún lo recordara emocionada. Me di cuenta de todos los instantes que perdemos, o que nuestra memoria va olvidando, o apartando sucintamente para dejar paso a otras cosas, a otras emociones. O de aquellos que por alguna extraña razón se anclan en el tiempo y en el espacio y nos acompañan para siempre.

Seguimos el paseo hasta tarde, muy tarde, llegando de madrugada de nuevo a Cadaqués y recordando en el viaje de vuelta la necesidad que tenemos en relación con nuestros semejantes, que no es otra cosa que estimular su luz interior, la que está en ellos, dándoles libertad para que caminen a su manera, con su propia visión sobre las cosas. Sólo estimulando la necesidad de libertad, de claridad mental, de lucidez para enfrentarse a las tareas de la vida, pero sin presionar o coaccionar sobre nada.

En unos días vuelvo a Madrid. Estaré algo menos de una semana tratando de ordenar algunos asuntos antes de volver de nuevo al mar y la tranquilidad de este encantador y hermoso lugar. Ya hemos decidido pasar todo el verano en Cadaqués preparando los retos que se nos avecinan. Esto permitirá reconciliarme de paso con muchas cosas antes de que llegue el otoño y demos ese salto cuántico que se nos exige en nuestras vidas. Al menos esa es la previsión que percibimos desde la quietud y el aroma de la visión profunda.

Desde que marché al Camino no han parado de pasar cosas. Aunque ayer alguien me recordaba que en la vida no paran de pasar cosas. Ningún día es igual al otro. Hoy domingo lo dedico a trabajar pero quizás mañana lunes, o el martes, o el miércoles, esté viajando en búsqueda de nuevas aventuras. No hay diferencia entre un lunes y un domingo. Todos los días son iguales o distintos, recordando a cada instante que todo momento es único e irrepetible.

La gata Cuca duerme en mi regazo mientras veo como llueve ahí fuera y escribo estas letras. Hay un silencio hermoso solo roto por el ajetreo de algunos pajarillos y el sonido de las olas que golpean las rocas de las calas que tenemos aquí al lado. En este riguroso retiro no hay morbosidad alguna, ni separatividad con nada. Sólo existe, como describe el viejo comentario, ese lugar “donde se permanece desapegado y sin temor, ese lugar de total quietud donde llega la plenitud y desaparece la soledad”. Aquí, interiormente, preparamos el asalto al reto, a la meta inmediata, a ese estadio donde se derrumba la ambición personal y se da paso a la visión de la necesidad compleja. Buscamos atender la morada en el lugar secreto, buscamos hollar el sendero del desprendimiento necesario, el camino a lo más recóndito.

Anuncios

2 thoughts on “El camino a lo más recóndito

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s