El paraíso perdido


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Suena la sonata para piano número dos, el Funeral March de Chopin. Muy cerca el graznido de las gaviotas y las olas del mar bajando la calle de escaleras y pizarra. Hay muros bajos de piedra seca que separan a unos y a otros en sus pequeñas parcelitas de ilusión. Desde la ventana ojeo sus casas blancas que salen como setas de entre la sierra madre, todas mirando al mar, buceando entre sus ventanales e interrogándose sobre el diluvio. Bajando la calle están las calas y las barquitas de pescadores que ya al alba, focos en popa, atraen la pesca nocturna.

Algunos, pocos, se quejan del paraíso, de sus gentes, de su monotonía. Esperan al verano para salir del arrinconado vacío del invierno y aprovechan cualquier excusa para salir del sueño. Porque vivir en el paraíso también tiene sus consecuencias, y una de ellas es vivir atados a la pesadumbre de la inercia, a la cerrazón de lo cotidiano.

Incluso los gatos que cotean la calle en busca de algún manjar parecen aburridos. Aquí hay muchos gatos y muchas gaviotas que sobrevuelan las chimeneas ya apagadas, alejadas de las preocupaciones mundanas de los humanos, del poder y del dinero, de la ostentación y la codicia, del egoísmo y la cerrazón. Mientras descansan y nosotros empezamos a leer algún libro de Campbell o Dostoyevsky, ya de noche, podemos escuchar las canciones ininterrumpidas que salen del café de La Habana. Bajando la calle de escaleras y pizarra, justo a la izquierda, en la Punta d’en Pampa, se deslizan canciones francesas y canción protesta que nace de los labios de Nanu, el dueño del bar. Protesta necesaria, aunque sea casual, aunque brille desde la melancolía o el despertar de esa nueva consciencia que poco a poco invadirá todas las orbes. Quizás en cien o mil años. Ya no importa el tiempo con tal de que se convierta en un nuevo renacimiento del ser humano.

La nostalgia forma parte del clima de esta pequeña isla peninsular, aislada por montañas del resto del mundo. En lo físico y en lo psicológico, porque vivir aquí es como vivir fuera del mundo, aislados y apartados de los problemas que reclaman cierta atención. ¿No será que el paraíso tiene estas cosas? Tanta belleza, tanta calma, tanta armonía entre las olas del mar te imbuyen en una especie de entelequia distante, apartada, errante, endogámica. Llegar al paraíso es como llegar al final de una larga estación. Aparcas el último tren y ya solo queda esperar.

Dicen que aquí la presión es más baja y que puedes pasarte doce horas seguidas durmiendo, o sin hacer absolutamente nada excepto contemplar el mar y el paso de los barcos a lo lejos. Todo se ralentiza de forma que cada paso es como caminar un día entero. Dormir algo, comer algo, la inevitable siesta española, la playa, el mar, el paseo nocturno, las canciones de Nanu antes de dormir de nuevo. Trabajar algo para poder sostener el paraíso y vuelta a empezar. No está mal, al menos para los espíritus que deseen deambular por este tipo de vida calma.

Los inquietos buceadores de aventuras sufrirían depresión en un lugar tan hermoso y sereno. Los espíritus acostumbrados a mirar el cielo plagado de luminarias pronto sentirían nostalgia de la inmensidad que ningún mar puede cubrir. Y tarde o temprano, abandonarían la isla perpleja, el paraíso, para adentrarse de nuevo en la inevitable aventura del vivir. Eso ocurrirá irremediablemente con estos mendas que ya echan de menos los caminos y el dolor de los pies. El paraíso está bien, pero que no cuenten con nosotros para decorar sus calles y playas. El mundo espera y reclama, por eso los Bodhisattvas, a diferencia de los arhats, siempre renuncian a los paraísos.

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