A través de la unidad


 Amanecer en Fisterra

Cada etapa es un avance considerable hacia la plenitud y la satisfacción profunda. Todo viaje espiritual es como ir de valle en valle: la travesía de cada uno de sus pasos nos revela un paisaje aún más esplendoroso que el anterior” Matthieu Ricard

A veces desde nuestra perspectiva tendemos a pensar que nuestra consciencia es algo divisible, que somos individuos con capacidad de alternar nuestros deseos y nuestras necesidades hacia una vida libre. Pero realmente no somos individuos. La individualidad es una ilusión de nuestra mente. Nuestras consciencias son como el flujo de un río que fluye por un caudal impermanente que termina en un océano de inmensidad. Son nuestras necesidades y nuestros engañosos deseos los que nos separan de ese fluir constante. Los que limitan nuestra vida en parcelas de “mío” y “yo”. Pero en la vida todo es unidad, unicidad. No existe “mi” mente y “tú” mente, sino la mente, el flujo, el pensamiento incesante.

Mente, vida y consciencia son tres aspectos de esa unidad que se manifiestan de forma diversa como una gran red que anuda nodos, pequeñas unidades de luz, pequeñas chispas que deambulan de un lugar a otro más allá de la ficción de muerte, de final. Realmente es un reguero constante, interminable, no sólo a nivel molecular, sino a nivel cósmico.

Cuando pensamos en estas cosas tenemos la necesaria convicción de que esa unidad requiere una entrega diferente, una visión especial, una responsabilidad ante ese mar que ahora observamos. Hoy paseábamos por las calas de Cadaqués y mientras veíamos flotar las pequeñas embarcaciones de los pescadores sobre el agitado mar nos preguntábamos sobre esa responsabilidad. La visión de unidad es proporcional a esa chispeante luz que ilumina las ilusiones separatistas del ego, anulándolas o ignorándolas al despojo de las sombras. Esa tímida luz no puede esconderse, debe ser transmitida, compartida como puntos que se iluminan unos a otros. Es la llamada vagamente creación de consciencia. Consciencia de unidad, consciencia de ser una humanidad en un mundo en una visión común y en un destino que como el flujo de un río, terminará inevitablemente desembocando en el ancho mar.

Hay sin duda un viaje interior, espiritual o como queramos llamarlo. Un caminar que nos acerca a ciertas verdades más allá de lo puramente ilusorio, de lo puramente material y egoísta. Dar un primer paso es aceptar que existe ese camino, ese viaje. Un segundo paso es vencer las resistencias a poder aceptar el cambio inevitable, una forma y un estilo de vida diferentes, una visión revolucionaria de todo. Un tercer paso es enfrentarnos a los miedos que nos separan de esa visión. Y cuando hemos dado el primer paso, cuando hemos perdido las primeras cosas del pesado equipaje que siempre cargamos con nosotros, la magia nos transforma y el camino nos lleva hacia una visión aún más maravillosa e increíble que la anterior. Y ahí empieza la unidad. Ahí empieza el delirio de no sentirnos separados. Ahí empieza el fluir hacia la entrega y la renuncia, hacia el verdadero propósito que nos persigue.

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