Día 33. ARZÚA


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Como estos últimos días los albergues están repletos y nosotros nos negamos a jugar a esa especie de maratón cargado de ansiedad y prisa, ayer la vida nos quiso regalar el pasar la noche en un hermoso balneario anclado en un lugar privilegiado, en un valle profundo rodeado de castillos, montes y bosques, ríos y silencio, mucho silencio. No podíamos creer que tras tantos días durmiendo y padeciendo la vida en los albergues pudiéramos disfrutar de un momento de soledad y cierta intimidad merecida. Creo que fue un regalo por tanto esfuerzo, por tanta constancia y por no haber renunciado en ningún momento, a pesar de las dificultades continuas, a la esencia del Camino.

Pero el regalo tenía su propia trampa, porque hoy el Camino se hacía más pesado, más perezoso, más complejo. El cuerpo se relajó tanto ayer que hoy el cansancio parecía insoportable. Cada paso era como intentar transportar en cada pie una tonelada de peso. De nuevo llegamos tarde al albergue tras una nueva jornada de búsqueda inerte, ya que todos estaban ocupados. Eran las ocho de la tarde y aún no habíamos comido nada excepto unas naranjas y algo de frutos secos.

A dos días del final del Camino, la marcha de hoy parecía una lenta agonía hacia el final. Así que mientras pacientemente intentábamos no desfallecer, repasábamos algunos episodios de este intenso mes. Más de treinta días alejados de todo y en un continuo vaivén de experiencias ininterrumpidas. Para muchos de nuestro entorno resulta difícil explicar esta travesía, esta aventura. ¿Por qué esta necesidad de sufrimiento y dolor? ¿Qué satisfacción misteriosa produce el que hagamos este tipo de cosas? ¿Cómo poder explicar la fuerza y el poder de esta experiencia indescriptible? ¿Y la inevitable transformación interior?

Ya tenemos algunas certezas. El Camino te transforma para siempre. Te aporta una fuerza irreductible que te convierte en un ser diferente, poderoso pero humilde, valiente y prudente al mismo tiempo. Renaces a otro ser. Te conviertes en otra persona. A niveles profundos, si estás abierto a la experiencia, hay algo que cambia inevitablemente. Porque el Camino es un cambio constante, un flujo por el devenir de la impermanencia, que es la gran enseñanza de todos estos días. Cambian los dolores, cambian las formas de caminar, cambian los peregrinos que continuamente se pasan el testigo unos a otros, el entusiasmo, la ayuda y el apoyo mutuo, la fraternidad y el amor. Todo cambia, todo muta, todo se transforma. Eso te aproxima a una sincronicidad extraña con el Todo. Es como si de repente te dieras cuenta de que formas parte de un caudal de vida que te lleva de un lugar a otro y te empuja a un destino común.

Te das cuenta de que en el Camino, como en la vida, hay días de niebla intensa, pero también momentos de luz, de luminiscencia, de claridad, de visión penetrante. Formar parte del todo significa aceptar el día y la noche, la dualidad de las cosas desde una visión unitaria donde no existe lo bueno ni lo malo, solo la experiencia y la actitud ante la misma. Un día hace frío y nieva, y dos días después hay un calor abrasador. No importa si ante sendas ilusiones caminamos sonriendo, alegres por abrazar la belleza de todos los momentos.

También hay tiempo para el coraje y la determinación. Hay muchas veces que nos sentimos tentados al abandono, a coger un taxi o un tren o cualquier cosa con tal de evitar esos kilómetros de dureza o ahorrar unas horas o teletransportarnos lejos del dolor. Pero nos damos cuenta de que ese no es el Camino. Que de nada sirve el intentar engañarnos. Que hay que continuar hasta el desmayo, como alguna vez nos ha pasado. No podíamos abandonar la dureza porque ella misma forma parte del aprendizaje. Han pasado muchos días desde que el primer síntoma de flaqueza y dolor llegó a nuestros cuerpos y mentes. Y ahora nos damos cuenta de que se puede seguir caminando integrando ese dolor en nuestras vidas, sin dejar que nos condicione el paso o la marcha, y sin renunciar a las maravillas del Camino por su incómoda presencia. Esas y otras muchas cosas hemos aprendido. Ahora tocará integrarlas en la vida diaria, y recordar siempre cada instante, cada paso, cada momento de fe y coraje.

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