Día 32. PALAS DE REI


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Andar despacio, sin prisa, como si nada pudiera otorgarnos la licencia de responsabilidad alguna excepto la de caminar y disfrutar de la vida, que es dura, pero también es buena. Tan despacio que cada paso parecía una eternidad, una meditación profunda, un trozo de paz que golpeaba el polvo del camino sintiendo cada movimiento, cada piedrecita que se colaba entre los relieves del calzado.

Llegando al final del Camino, todo parece más calmado, más tranquilo en lo interior. Nos sentimos más espirituales, si es que esa palabra es capaz de definir algo concreto. También más cerca del Absoluto, por no emplear rudimentarios vocablos que distorsionen lo que sentimos en esta constante plenitud y paz. Hay una sensación de elevación, de pertenencia a una comunidad invisible de almas libres, de espíritus errantes que revolotean por una realidad indescriptible. Un estado de gracia, de gozo, de ternura hacia todo, de contacto íntimo con la naturaleza, esa madre que nos abraza con su calor y nos cobija con su amor.

Es cierto que en estos últimos días hay una especie de circuito turístico donde cientos de peregrinos salen de la nada, van apresurados, corriendo de un lado para otro, sin parar por miedo a no encontrar albergue, contando los kilómetros y midiendo distancias como si todo se tratara de una burda competición. Los contemplamos con cierta gracia, dejándolos pasar a todos, jugando con el bastón que nos ayuda en el lento caminar, parando en un lado y otro para disfrutar de un paisaje o charlar con algún anciano del lugar. Nuestras manos revolotean entre las nubes y las copas de los árboles intentando imitar el vuelo libre de cualquier ave.

Quedan pocos peregrinos de esos que empezaron el Camino desde el principio. Los añoramos, deseamos cruzarnos con ellos para saber como han llegado hasta aquí. Imaginamos su caminar quien sabe si unos kilómetros delante o detrás nuestra. Lo cierto es que ya no están y nos preguntamos qué suerte habrán corrido. Cuando por casualidad nos cruzamos con alguno de ellos, algo hermoso nos recorre.

Esto nos hace pensar que la plenitud del verdadero Camino, el entendimiento de toda su enseñanza y mensaje empieza cuando la senda se hace larga y duradera, cuando no se renuncia ante el dolor y se sigue, aunque sea de forma más lenta. En una semana de Camino no te da tiempo a experimentar toda su esencia. En treinta o cuarenta días de lento peregrinar tienes la oportunidad de codearte frente a la enseñanza profunda, caminar de la mano de la profunda experiencia.

Los cientos de turistas que deambulan estos días por la sagrada tierra sin poder ver más que un bonito pasear en una hermosa primavera nos hace reflexionar sobre como andamos por nuestras vidas diarias, sin darnos cuenta de lo maravillosa que resulta la experiencia de vivir la existencia desde la plenitud y la consciencia despierta. Cuando eso ocurre todo se experimenta de forma distinta. Un árbol ya no es solamente un árbol. Un cordero ya no es solamente un cordero. La cigüeña que vuela sobre nosotros constantemente ya no es tan solo una cigüeña. Hay algo más en toda esa expresión de vida. Algo difícil de describir, algo impronunciable por su extensa visión.

Y todo es tan sencillo. Un árbol, un cordero, una cigüeña. El Camino, los peregrinos que lo preñan de vida, el cielo, las noches trémulas y los días empapados de gracia. A veces nos paramos para respirar todo eso. Para intentar respirar cada rincón, cada trozo de verde, cada instante volátil, y así poder grabar en nuestra psique el recuerdo de todo cuanto acontece. Respirar y comprobar que todo sigue siendo igual que antes, es decir, impermanente. Absorber el aire y dejar que penetre cada uno de nuestros poros, empapando y humedeciendo nuestros átomos de halo vital. Todo cambia pero la vida permanece. Algún día moriremos, como algún día morirá este Camino para nosotros, pero la vida seguirá ahí, irradiando porosamente la enseñanza del eterno devenir. Cuando tomamos consciencia de eso, nos sentimos de alguna forma sempiternos e inmortales. Cuando respiramos con consciencia en cada lento paso, morimos un poco más, pero renacemos un poco más. Formamos parte del caudal de vida y entonces ocurre el milagro de ser tan solo substancia, síntesis. Sin pensamientos, sin emociones, sin estímulos. Sólo y únicamente vida. Sólo y únicamente consciencia. Sólo y únicamente impermanencia.

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