Día 31. PORTOMARÍN


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Ha sido difícil encontrar albergue en Portomarín, un hermoso pueblo gallego bañado por el impresionante río Miño. Había muchas opciones, incluso albergues con más de cien plazas, pero los cuatro primeros que hemos visitado estaban completos. También las pensiones y hoteles. Realmente hoy ha sido un día muy concurrido de peregrinos que nos adelantaban con brío y agilidad. Muchos empiezan el peregrinar ya en Galicia, a pocos kilómetros de Santiago, haciendo del Camino un paseo turístico donde pasar unos días diferentes. Eso hace que los viejos peregrinos, los que llevamos ya más de treinta días de cansancio y dolor, lleguemos lentos y cansados a los lugares, y tarde, muy tarde, cuando ya está todo ocupado. A veces da una sensación extraña llegar tan desgastados a los sitios y no encontrar el reposo necesario. Si no fuera porque al ir más despacio nos permite disfrutar aún más de las cosas y porque el ánimo siempre permanece misteriosamente alto a pesar de todo, sería difícil acostumbrarnos a esta especie de sensación de abandono final. Es como si el turista pudiera disfrutar de todas las comodidades y el peregrino quedara relegado a esas sobras que no siempre son bienvenidas. Incluso hoy valoramos la posibilidad de dormir en el portal de alguna iglesia o al raso en algún prado. Pero intentamos no juzgar ninguna situación y dar gracias por todo, agradeciendo la compañía de todos los seres.

Cuando por fin encontramos un sitio nos hemos mirado al espejo y recordando las letras de una amiga nos hemos sentido realmente salvajes. De repente hemos visto el rostro cansado, despierto al deseo de seguir, pero viejo, extenuado, quizás demasiado acostumbrado a los dolores, con esa barba de más de treinta días y el pelo desaliñado que ya no peinamos. La cara quemada por el sol y el frío, los labios rotos, las piernas infladas por dolores de mil caras, los brazos oscuros. Pero había algo que no había cambiado el Camino, y eso era la sonrisa. Seguimos sonriendo, seguimos mirando con curiosidad todo lo que ocurre a nuestro alrededor, seguimos abrazando cada átomo del Camino, cada experiencia, cada atmósfera y tiempo, cada ser sensible, cada piedra, cada flor, cada animal, cada suspiro.

Seguimos observando con infinita curiosidad cada rama, cada tronco viejo, cada raíz que imaginamos profunda en la tierra húmeda, como si el cielo fuera unido a la tierra en esa vacuidad que se crea entre los seres visibles e invisibles, entre los pétalos de una flor y las caricias tremulosas de ondinas y nereidas que aparecen y desaparecen entre las hojas de árboles o el musgo leñoso. Como si nada tuviera ni principio ni fin, y todo fuera una espiral unida por mil brazos que se alcanzan en misteriosas profundidades. Respiramos cada momento y nuestras almas se ensanchan por las vistas maravillosas, por la mirada cómplice del cuervo o del gato o del águila o de la cigüeña o de la vaca o del increíble lagarto de cabeza azul que hipnotizado por los rayos del sol vaga su imaginación ignorando nuestra curiosa presencia.

Todo parece estar unido por ese lazo místico que nos atraviesa el pecho y nos emociona, que nos conduce hacia uno y otro rincón, que nos hace apartarnos del Camino para reposar abrazados bajo un gran castaño o el lomo de la colina. Y desde allí repasamos uno a uno a los peregrinos que deambulan excitados. Vemos sus auras, sentimos sus emociones, sus preocupaciones, leemos sus pensamientos e imaginamos su futuro incierto. Buceamos en sus propósitos y desciframos sus orígenes. Cada peregrino es conducido por un punto de luz que contemplamos anestesiados, por un alma que los guía en la ceguera humilde o en la luz resplandeciente. Cada peregrino, cada punto de luz, es un puente que conecta su pequeño corazón con el gran corazón de lo omnipresente, con el espíritu de todas las cosas y todos los tiempos, por ese tambor universal que bombea vida a raudales. Y sentados bajo el castaño podemos ver esas y otras cosas, repasando uno a uno los sonidos que cada alma transmite, la música de sus sonrisas o sus lloros, la virtud que los conduce hacia su inevitable destino de verdad y vida.

Y en ese momento salvaje, en esa inspirada proyección de lo invisible, silenciamos nuestros cuerpos, ocultamos nuestras luces y encerramos en la cueva sigilosa nuestras promesas para así poder permanecer invisibles, humildes ante el espectacular e irrepetible momento furtivo. En ese instante es como si todas las luces se conectaran y fluyeran como un manantial de crisálida templanza, como si todo fuera luz y el color solo un espejismo engañoso que permite conectar a unos y a otros en la tenue irrealidad. Como si el majestuoso momento de estar presentes en ese instante único e irrepetible pudiera arrebatarnos hacia esas alturas apretadas de luminarias.

Este Camino de estrellas que hemos visto una y otra vez nos une a la transpiración universal, al propósito que los dispuestos conocen y sirven, al halo de magia que hace que la vida sea sentida, vivida, experimentada y amada en plenitud. Sí, hoy nuestros cuerpos estaban dolidos y cansados, pero vivos y radiantes en la plenitud del ser.

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10 thoughts on “Día 31. PORTOMARÍN

  1. Pues yo os veo guapísimos aun despeinados, con barba, cansados… debe ser que la magia se ha instalado en vuestros cuerpos, en vuestros espíritus y en vuestras almas.

    Sois afortunados y lo sabéis.

    🙂

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  2. No dejéis de probar las tartas Ancano, son deliciosas.

    Siento mucho no haber podido salirte al encuentro y entregarte mi regalo, de todos modos ahora se me antoja una tontería. Espero poder enviártelo por correo algún día.

    Gracias por toda la Luz y poesía que destilan tus escritos.

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