Día 29. A BALSA


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¿Cómo describir un día como hoy? Pudimos entender la profundidad de la visión penetrante, esa que examina cada detalle incluso en momentos difíciles, muy difíciles. Tan difícil como empezar a subir uno de los puertos más complejos del Camino, el de O Cebreiro, añadiendo a su dificultad lluvia, viento, niebla, nieve, mucha nieve, frío, mucho frío, granizo y viento, mucho viento. Si a eso le añadimos nuestros dolores, el casi haber caminado durante casi diez horas durante más de treinta kilómetros por montañas que subían y bajaban de forma increíble, podríamos describir el día de hoy como un auténtico via crucis. La mayoría de los peregrinos elegían el taxi para hacer esta complicada jornada que nadie esperaba. ¿Nieve a finales de mayo? ¿Frío invernal casi en junio? Nadie lo esperaba y nadie se atrevía a subir y bajar O Cebreiro en estas condiciones. Algunos nos decían que estábamos locos, pero había una fuerza superior que nos empujaba a seguir, a no tirar la toalla ante la adversidad.

A veces dudábamos sobre si nos empujaba nuestra fuerza de voluntad o nuestra obstinación por seguir. Especialmente cuando resbalábamos en la nieve y caíamos al suelo o cuando nos entraban extrañas diarreas que debíamos desahogar en cualquier parte. Otras si era nuestro espíritu libre que disfrutaba, a pesar de la dificultad de los increíbles paisajes nevados, o la propia rabia de ver que casi todos los peregrinos preferían la comodidad del taxi a la revelación de la dureza. Porque realmente esa extrema dureza nos revelaba algo especial. Incluso cuando entramos en esa extrema tempestad de granizo, viento y frío desmedido que casi nos derrumba ante los dolores intensos y las circunstancias extraordinarias. Parábamos y respirábamos profundamente, intentando infundir ánimo el uno al otro para no desfallecer de dolor o frío. Y había algo inmutable que hacía que nuestros sentidos y nuestros cuerpos resistieran la cada vez más complicada situación. Salíamos de la difícil subida y llegaba la lluvia. Se terminaba la lluvia y llegaba la nieve. Tras la nieve y el granizo y junto a él el viento, el terrible viento helado que golpeaba el granizo contra nuestras caras congeladas.

Pero todo ha sido compensado cuando hemos bajado de la cuota de nieve y ya solo llovía y podíamos disfrutar de los increíbles paisajes de Galicia. Parecía como si de repente hubiéramos llegado a otro mundo, a otro país, a otra tierra media. Además, siguiendo las señales e indicaciones de personas especiales, seguimos por el Camino viejo en vez de por la ruta turística y terminamos en un paraje totalmente mágico. Nos recibió en la aldea de A Balsa una joven pareja, ella italiana, él holandés, en uno de esos albergues especiales que no aparecen en las guías pero que merece la pena visitar. Ellos se conocieron en el Camino y surgió de inmediato el amor. A los pocos meses estaban recorriendo el Camino buscando una casa para crear un lugar de retiro para peregrinos especiales. Consiguieron una casita derrumbada y la rehabilitaron gracias a la ayuda de amigos y familiares. Y aquí, en este lugar privilegiado llegamos tarde, pero llegamos. Aumentando la intención, buceando en la profundidad de la visión penetrante y buceando en la voluntad férrea de no desfallecer nunca. Ahora nos sentimos íntegros, fuertes, irreducibles.

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