Día 27. VILLAFRANCA DEL BIERZO


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Cuando te entregas al Camino, cuando comprendes el propósito del mismo, hay una mano invisible capaz de guiar cada paso, capaz de llevarte al lugar exacto para conocer a la persona adecuada y recibir el mensaje oportuno. El Camino se convierte en un ente multidimensional donde interactúas con fuerzas y energías que empujan al peregrino hacia una poderosa razón y un increíble destino.

Ayer pensábamos llegar hasta Villafranca del Bierzo, pero en la puerta del albergue de Cacabelos nos encontramos con Riccardo, el anciano italiano que tanto admiramos. Nos alegró tanto verlo que allí situado parecía una señal para que detuviéramos el paso y pasáramos la noche en ese lugar. Seguimos las señales y eso hicimos. Fue un regalo porque el albergue circundaba de forma extraña toda la iglesia, quedando la estructura dividida en pequeñas habitaciones para dos personas. Todo un regalo para poder relajar el cuerpo y el espíritu.

Esta mañana andamos un kilómetro y allí estaba la casa encantada, el lugar al que nos quería conducir Riccardo con su silenciosa presencia. Como en el albergue no había donde poder desayunar, en Pieros encontramos un cartel que nos conducía a un lugar mágico donde poder comer algo y calentar así el cuerpo. Cual fue la sorpresa cuando allí encontramos a la joven pareja de enamorados que se iban a quedar como voluntarios unos días, sirviéndonos un bienvenido desayuno de ricas tostadas y algo de leche. Laura conectó enseguida con Mar, la persona que había creado aquel hermoso lugar con su sala de meditación y sus habitaciones mágicas. Mientras ellas hablaban buceaba por las habitaciones y por el encanto de esa hermosa casa. Toqué algo la guitarra y me dejé fluir por aquel embrujo.

Al salir de aquella casa algo había cambiado, algo nos había transformado de forma extraña. Sentimos algo profundo, proyectamos algo hermoso, intuimos quizás desde esferas diferentes algún tipo de mensaje.

Hicimos un trayecto corto en el espacio pero intenso y largo en las otras dimensiones. Navegamos por lugares remotos mientras la lluvia nos encarcelaba bajo los chubasqueros. Apartábamos a los grandes caracoles para que otros despistados peregrinos no desahuciaran su valiosa carga. Comíamos almendras mientras una música invisible, una voz silenciosa nos empujaba hacia delante como la nota de un piano, como el crisol que recibe una pulida esencia transformadora. Así hasta llegar a Villafranca del Bierzo, al Ave Fénix del famoso Jato, el cual, veinte años después de la primera vez que hablé con él, había envejecido, pero seguía con su misma fuerza y buena voluntad.

Cuando entramos en ese estado hipnótico es como conectar de repente con esa esencia que somos. Allí solo hay paz y calma, luz y vibración que se esparce hacia todas las unidades indivisibles. Un trayecto de ida y vuelta que suspira, que se expande, que penetra todas las cosas de forma luminosa. Pulsas una tecla y el universo entero responde. Das un paso y se abre ante ti un Camino de posibilidades. La actitud de quietud a veces es interrumpida por las cosas del Camino, por los susurros de la noche, por la tierna avaricia de lo insensato. Pero no importa porque todo está bien, todo resulta justo y perfecto desde las atalayas del alma.

A veces nos da la sensación de estar orando. Como si el caminar fuera una especie de rezo que nos eleva a un estado que roza el cielo, una especie de meditación o mantra que nos transporta hacia esas cumbres desde donde todo es perfecto. Nos preguntamos qué ocurrirá al final del Camino, si este estado será permanente o el ruido entrará de nuevo en nosotros. Quizás la solución esté en crear un Camino perenne, que siempre nos acompañe allá donde vayamos, o hagamos de nuestras vidas un auténtico Camino donde en cualquier lugar nos encontremos con un Riccardo o una Mar que nos muestren las señales, que nos guíen hacia el verdadero sendero de la creación. Sabemos que eso es posible. Sabemos que ese es el auténtico Camino. Sabemos cómo cumplir nuestra parte y ser merecedores de dicha responsabilidad. Sólo debemos desplegarnos y entregarnos a esa multidimensionalidad con fe y esperanza, con humildad y arrebato. Que así sea.

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