Día 26. CACABELOS


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La primera vez que los vimos nos pidieron el favor de cambiar nuestra suculenta cama por unas literas ya que viajan con dos niños y resultaba para ellos más cómodo el instalarse en ellas. Aceptamos con cariño empatizando con su particular Camino y de alguna forma conectamos con esa particular familia alemana que hacía el camino pausadamente con toda su familia. De alguna forma intuimos, cuando nos cruzamos con algún peregrino, que habrá más conexiones futuras. Eso nos pasó con esta hermosa familia.

Y esa conexión profunda llegó hoy a media mañana, cuando nos cruzamos con ellos en un inhóspito lugar cercado por un cristalino río y un profundo bosque. Además, estaban con ellos la parejita de jóvenes enamorados a los que ayer invitamos a comer arroz. En el lugar, Lui, un maestro de reiki japonés, había puesto un tenderete donde ofrecía zumos y fresas a los peregrinos a cambio de un abrazo o algún donativo. Nos sentamos en el suelo para escuchar la charla de Lui y de repente se ofreció para hacer una sanación a Anne, la joven sueca enamorada. A ella se sumaron luego Laura y la pareja alemana, creando un pequeño grupo conectados por las manos que recibían, de manos del maestro de ceremonias Lui, una especie de iniciación con mensaje particular para cada uno de ellos.

Me senté frente a ellos mientras contemplaba la escena. La hija pequeña de la pareja alemana conectó de alguna forma con ese psicodrama que pretendía remover algunos puntos esenciales de la energía universal. Por un momento me miró fijamente a los ojos y empezó a hacer unos mudras con sus pequeñas manos que fui contestando con complicidad y sorpresa. Luego dejó a la madre y se vino conmigo, hablándome en alemán y ofreciéndome una libreta y unos lápices de colores con los que pintamos algunos dibujos. Algo mágico ocurrió, sin duda, porque tras el largo ritual, cada uno explicaba su impacto. Especialmente la joven Anne, que durante todo el trayecto estuvo impactada y reflexiva, como si algo profundo hubiera ocurrido dentro de ella.

En eso coinciden todos los peregrinos. El Camino transforma. Siempre hay un antes y un después. Lo hubo en los dos anteriores y lo habrá en este. El Camino, además de su magia, desprende una importante oscilación entre lo que éramos y lo que seremos a su fin. Algo que nos hará mejores o diferentes, algo que nos dejará una imprenta para siempre y mudará nuestras antiguas vestimentas.

Esas cosas pasaban mientras disfrutábamos de la profundidad de unos paisajes, los del Bierzo, increíbles y majestuosos. Una cargada naturaleza viva plagada de encanto y magia, de color y emotividad. En uno de esos parajes nos hemos parado a contemplar las montañas nevadas. Hipnotizados por la escena, dábamos gracias a la vida por permitir que la existencia entera pudiera condensarse en ese momento. Nada de lo que ocurre en el Camino es superficial. Todo, hasta lo más anecdótico, está cargado de una extrema profundidad.

Pasaron muchas más cosas, pero nos encontramos en un hermoso lugar que carece de enchufes para el ordenador, por lo que he tenido que resumir brevemente la escena de hoy. Una escena nítida y clara en la psique impresionada y en el alma viva.

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