Día 21. VILLAR DE MAZARIFE


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Dormimos de un tirón en el hermoso monasterio de benedictinas de León, donde tuvimos una acogida cargada de cariño y amor. Terminamos rendidos nada más ducharnos después de un día duro de lluvia y dolor. Por la mañana amaneció todo el cielo empañado de un gris tremuloso que amenazaba cada paso. Pero el día nos quiso regalar un magnifico paseo por un hermoso altiplano lleno de color y luz, donde el dolor nos dio una tregua, respetando cada paso como si fuéramos surcando un mar de algodones. Extraño pero hermoso, porque la luz primaveral y la ausencia de sufrimiento nos permitió disfrutar de cada detalle del Camino. Nos tumbamos en dos ocasiones en verdes trigales, dejando que nuestras manos rozaran las nubes que se transformaban o permitiendo la cortesía de no pensar en nada, de sumergir el pensamiento en la ausencia, en la nada. Casi podíamos escuchar la rotación de la tierra bajo nuestros cuerpos relajados y felices.

Los peregrinos nos pasaban. Uno tras otro. Los mirábamos, los saludábamos desde el borde del Camino, sin ninguna prisa por llegar a ninguna parte. Realmente no queríamos que hoy el Camino se terminara. Lo alargamos eligiendo el tramo más largo pero también el más bello. Comprendimos que al final, todos nos encontraremos tarde o temprano en alguna parte del Camino. Por eso no nos importaba ser los últimos, dejando que ancianos de setenta años nos adelantara con su paso débil, lento, pero seguro. Los mirábamos con amor, con admiración y respeto. ¿Cómo era posible que esas personas, a su edad, hicieran el Camino con tanta alegría y pasión? Su fortaleza nos asombraba. Su ejemplo nos permitía la licencia de poder sentirnos afortunados y vivos, muy vivos.

Cuando nos tumbábamos para disfrutar de los rayos del sol contábamos los bichos que subían por nuestros cuerpos, o aquellos que revoloteaban por nuestras rodillas. Hay tanta vida cuando miras el mundo desde lo pequeño. El estar tumbado en la tierra te permite ver todo un universo infinito de vida. Cada ramillete de trigal portaba un cosmos de vida minúscula. La infinitud de las cosas podía mostrar recovecos que desde las alturas resulta imposible observar. Casi podíamos sentir el caminar constante de ese ejército de hormigas que puebla las profundidades de la tierra húmeda y cálida.

Y también podíamos escuchar los latidos enmarañados de nuestros corazones. Cómo si una música invisible pudiera detonar al ritmo de cada pulsación, de cada palpitar. Como un reloj cuántico que despeja la duda de la incertidumbre. Que nos aleja del tiempo pasado y del futuro y nos ancla en el instante impermanente. No encontramos mesura ni tiempo en esos instantes de reposo. Sólo la obligación de seguir caminando nos alejaba del borde del camino, un lugar donde la magia singular del devenir nos empujaba a sentir la sempiterna existencia. Un día feliz, un día más en el Camino.   

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