Día 20. LEÓN


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Veinte días andando. Veinte días amando cada paso. Desapegándote del anterior y profundizando en el presente continuo. Observando historias de amor que pasan, perennes, mutables, sempiternas, que cambian o se mantienen, que duran o desaparecen. Veinte días sin mirar atrás. Veinte días sin interrogarnos sobre el horizonte. Sólo mirando los pies, y el Camino bajo los mismos. Anclados en un destino compuesto por la impermanencia de cada paso. Paso a paso, observando, meditando, profundizando sobre cada pequeño instante, comprendiendo que la realidad a veces puede ser permeable, transparente, flexible. Más bien comprendiendo que la vida es moldeable constantemente. Que pasa inevitablemente entre la brisa o la lluvia, entre campos y montañas, entre subidas y bajadas, entre suspiros y anhelos.

Esta mañana recibí una hermosa carta de Mary Anne. Me conmovió el detalle de sus letras, su esfuerzo por mantener en la maraña del Camino emociones y experiencias, recordando aquellos viejos tiempos en los que el silencio nos acompañaba junto a la complicidad de miradas, de sonrisas, de esas florecillas que nos acompañaban en una primavera temprana. Entonces me acordé de que en veinte días habíamos vivido miles de experiencias, de momentos, de anécdotas imposibles de relatar y comentar, de cientos de encuentros con cientos de peregrinos, de almas libres y sedientas de Camino. Cientos de aventuras y paisajes indescriptibles. Amaneceres increíbles. Atardeceres prodigiosos. Ocasos misericordiosos. Y luego la noche, la trémula noche cargada de ronquidos arqueados que mecen los insomnios de algunos y la anécdota constante.

Experiencias como las que ayer viví con cierto escalofrío escuchando la conversación de dos magas en contacto con el mundo invisible. Una de ellas relataba que desde hacía un tiempo había un ser que le acompañaba. La otra la pudo “ver” y empezó a describirla con todo detalle. Hablaban con naturalidad de lo que el otro ser decía y quería expresar. Una explicaba y la otra asentía con toda espontaneidad. Todo parecía normal hasta que una de ellas le enseñó a la otra la foto del ser fallecido que le acompañaba. Fue ahí cuando me quedé de piedra. Era exactamente igual a como una de las magas, sin conocerla, la había descrito.

Viajar estos días con una maga, con una chamana que me hace comer ciertas hierbas que encontramos en el camino o que me realiza ciertos pases para aliviar mi dolor es una experiencia hermosa y única. Una oportunidad no sólo para abrir la mente a otras posibilidades, a otras realidades, sino para descubrir que el mundo está enmarañado en realidades contrapuestas que se abrazan y rozan de forma especial. ¿Cómo sino poder explicar las cosas que ocurren estos días? ¿Cómo describir el roce de la lluvia de hoy en el dolor constante y ver como el espíritu que nos anima nos acaricia suave para animar cada paso con la extraordinaria fuerza de un elefante? ¿Cómo describir la incapacidad de seguir, y de repente abrazar al otro y ver como una fuerza mayor nos eleva y nos transporta durante los próximos cinco kilómetros? ¿Qué magia es esa que nos hace reír incluso en lo más duro de la experiencia, cuando la derrota parece inevitable?

Sin duda hay un mundo invisible que nos protege. No sabría decir como llegamos a él, como contactamos con él. Hay personas especiales, auténticos magos que tienen abiertos ciertos canales y les permite tener un contacto más directo con esas fuerzas. Lo he podido ver en este viaje, con asombrosa incredulidad al principio transformada en certeza ante hechos incuestionables. Una mente científica y racional doblegándose a la evidencia de la experiencia. Por eso hoy, ante las experiencias de estos días, hablábamos de flexibilidad. De lo importante que es el adaptarnos a todo lo que el Camino nos ofrece, y de la magia que a veces produce cualquier experiencia.

Por ejemplo cuando hemos llegado a León y había dos caminos posibles para encontrar uno u otro albergue. Estábamos indecisos y no sabíamos qué camino seguir, así que recurrimos al lanzamiento de una moneda y dejar que fuera ella la que decidiera por nosotros. La moneda nos envío hacia el camino de la izquierda. Un poco antes de llegar al albergue, nos informaron que ese lugar estaba cerrado, y que tendríamos que ir al siguiente. Nos miramos y nos preguntamos porqué la moneda nos había enviado hacia esa dirección “errónea”. Ella dijo: “seguro que es por algo que aún no entendemos”. Efectivamente, cuando íbamos hacia la dirección del otro albergue, en una de las esquinas alguien se quedó mirando y riendo al mismo tiempo. Le miré y era Fernando, un viejo amigo de la infancia que desde hacía poco tiempo vivía en León. La sorpresa y la incredulidad no podían ser mayores. La moneda había retrasado cinco minutos la marcha para que justamente en esa esquina, en ese instante, pudiera reencontrarme con ese viejo amigo.

El Camino nos enseña que no hay límites ni horizontes. Puedes mirar a lo lejos y siempre hay Camino. Siempre aparece una larga senda mutable, un largo peregrinar que se condensa en una fina línea transpirable, en un vals que se baila con ese amor humilde, con ese amor valiente, con ese amor tierno y suave. No hay límites y por lo tanto no queremos que haya final. Sólo queremos caminar indefinidamente, incesantemente.

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4 thoughts on “Día 20. LEÓN

  1. Como dice Isabel, es un camino en el que suenan y tocáis todos los palos 😉

    Hace un tiempo me costaba creer que alguien pudiera ver a personas que ya no están con nosotros. Imagino que la razón de esta “incredulidad” era debida a que siempre había algo, digamos especial o algo de predisposición o algo de cara dura, que de todo hay, en la vida de las personas que decían “ver”.

    Ahora sé que, realmente, hay personas que si los ven y todo en sentido positivo, de agradecimiento, de protección. Todo con la naturalidad que nos puede dar nuestra educación/tradición en relación a estos temas y vivencias.

    Mágica noche para todos, seguro que alguno tendrá un sueño ¿diferente?

    🙂

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