Día 17. SAHAGÚN


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No es la primera vez que duermo en la Iglesia de Cluny. Incluso estuve hace algún tiempo en la original abadía de Cluny, en Francia. Nombrar su sólo nombre me transporta a un tiempo en el que el alma se expande, se crece, interioriza instancias y pernocta en reminiscencias hermosas. Por eso dormir en Cluny es como dormir en casa, en un hogar pasado que me acoge con familiaridad. Es extraño pernoctar en un lugar consagrado. Ya lo hice con asiduidad en las abadías y templos de Inglaterra y Escocia, y sigue pareciéndome una experiencia única. Realmente todo es sagrado, pero cuando lo humano consuma la sacralidad transformando aún más algún lugar especial, consagrando con corazón un cierto espacio, hay una magia diferente, una realidad especial. Nuestros cuerpos son como esos templos que debemos de cuidar y consagrar todos los días. Respirando, alimentándolos con amor y cariño, limpiándolos por dentro y por fuera y penetrando en ellos con nuestra consciencia como si de lugares de reposo se tratara. Vivir el cuerpo desde la sacralidad y el respeto es como vivir instalados constantemente un lugar increíblemente hermoso, con grandes ventanas a un jardín increíble y con acogedoras habitaciones cargadas de todo lo necesario para transitar esta vida con dulzura, suavidad y ternura.

Estas cosas pensaba cuando nos tumbábamos en la hierba pacientes, sin contar los minutos ni las horas que pudieran pasar, sin tener prisa por llegar a ninguna parte, estirando los momentos para que se hiciera presente tan solo el instante infinito del ahora. En esa consciencia del ahora, del instante presente, es posible entablar una relación más directa con la vida que fluye. Ahí no hay preocupaciones, ni problemas ni alboroto, solo paz, mucha paz. Y desde esa armonía se puede santificar cada segundo de vida, se puede conmover interiormente cada uno de nuestros átomos. Desde esa unidad con el todo, la belleza se manifiesta desde lo pequeño del aleteo de una mariposa hasta la grandeza de un cielo cargado de celeste alegoría.

Después del sufrimiento y el agotamiento de ayer, hoy el paseo lo hicimos con mucha calma, penetrando en la enseñanza del concurrir, del ahora, del presente. No teníamos miedo al camino a pesar del dolor, ni teníamos la sensación de desánimo. Todo lo contrario, cada reto es un impulso y un envite hacia el momento presente. Un paso, otro paso, un paso, otro paso. Así hasta llegar a mil sitios, a cientos de lugares increíbles, a un optimismo contagioso que no pensábamos, que no analizábamos, que no juzgábamos. Solo caminar, solo disfrutar del momento, del soplo de ese espíritu que nos mueve.

Sin duda, viajar en compañía tiene algo de fuerza mayor. Cuando estás solo es fácil desenfocar la realidad, hacerla egoístamente extraña, ajena a la existencia. Tiene sus momentos necesarios de recogimiento e interiorización, pero la vida demuestra constantemente que todo se resume en compartir. Compartir una ilusión, un camino, un instante, un deseo, un abrazo, un coraje, una mirada, un aliento, unos garbanzos, unas galletas, una sorpresa, un ritual, la complejidad de ser humanos. Al compartir el Camino se transforma, se vuelve único, indescriptible, amable incluso. El dolor queda apartado a un segundo plano y la alegría envuelve todo el recorrido. Lo importante es compartir la fuerza y el tesón, la decisión inalienable de continuar hasta el final. Como cuando pedíamos un plato de sopa y ambos metíamos la cuchara en el mismo plato, disfrutando de ese regalo que nos sabía doblemente a gloria. No comíamos medio plato, sino que al compartirlo, es como si la sopa se multiplicara en sabor y satisfacción.

Creo que las lecciones del Camino nos empujan a comprender esta esencial relación de las cosas. Cuando todo es compartido, cuando no existe el tuyo ni el mío, sino tan solo el nosotros, nace algo más grande que la suma de las partes. Algo más poderoso, una especie de genio capaz de concedernos cualquier reto que nos planteemos. Tras la quiebra de ayer, hoy pensamos que haríamos pocos kilómetros, sin embargo, nuestras piernas empezaron a andar mientras nosotros compartíamos cientos de historias y experiencias. Cuando nos dimos cuenta habíamos doblado, sin ningún tipo de dolor extra, la distancia propuesta.

Y aquí estamos ahora, aquí y ahora, compartiendo la soledad, el silencio, la compañía, y la lección de saber que en el universo todo es relación. Que las estrellas se relacionan entre sí, que los humanos se relacionan entre sí, que las dimensiones y todas las latitudes tienen un nexo de unión. Todo es amor, todo es relación, todo es compartir.

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2 thoughts on “Día 17. SAHAGÚN

  1. Ahora entiendo porque no tienés fuerzas… jajja
    La dieta gallataria o galletera, no sé; no es lo mejor para tener energía y fuerzas, todo lo contrario cada vez estarás más débil y cansado. Javier, Javier…
    Menos mal que las galletas son del “Principe”

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