Día 15. VILLARMENTERO DE CAMPOS


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Un día surrealista es levantarse por la mañana, caminar un poco, muy poco, pararse cada poco tiempo para tumbarnos en la hierba de cualquier prado y terminar en una especie de albergue totalmente diferente e improvisado en mitad de la nada. Paramos para tomar un refresco y algo, quizás una especie de Aleph o de intuición extraña nos atrapó en ese lugar. En esa nada que es un pueblecito de tres habitantes y algunas pocas casas más. El albergue está situado en mitad de un prado con vistas al infinito. Está construido de barro y algo de madera, habitado por dos perros, Siete y Ulises, el burro Emilio, un gracioso animal que campa a sus anchas entre peregrinos y mesas y el hospitalario Jesús, un personaje de novela rodeado de un ejército de peculiares voluntarios que, a cambio de cobijo, realizan cualquier tipo de trabajo.

Aquí todo es caótico y desordenado, pero en cuanto lo hemos visto hemos pensado que sería un lugar diferente para experimentar la impermanencia y la inconstancia del universo. O el orden dentro del caos, o el caos dentro de cierto orden. O más bien el caos en todas sus manifestaciones posibles. Porque una de las incomprensiones científicas más apasionantes consiste en comprender la entropía universal, y de paso, esas leyes inmutables que rigen planetas, átomos y universos.

La armonía del paisaje y el alegre silbido del momento nos ha regalado una jornada corta para descansar los pies y el alma y de paso formar parte del desconcierto y desbarajuste de este lugar. Nos sentamos en la hierba. Luego nos tumbamos en ella dejando ver pasar las nubes que suaves se transformaban en un limpio laboratorio natural. Todo pasaba muy lento. A veces alargábamos la mano para rozar una flor o hincábamos los pies en la tierra húmeda. Cuando el sol quemaba el momento nos íbamos a las hamacas que colgaban de los árboles y nos balanceábamos como si fuéramos pompas de jabón que flotan en el aire. Todo estaba acompasado por la oscilación del universo, que parecía moverse desde nuestros pies hasta el infinito. Los pies eran el punto de anclaje de todo cuanto pasaba, de todo cuanto ocurría. Los pies eran el centro gravitatorio de toda manifestación posible. Son los pies los que nos transportan por este Camino, son los pies los que nos detienen cuando no pueden más, son los pies los que merecían hoy un trato diferente. Ser el centro de nuestras atenciones y cuidados, ser el centro de todo universo conocido.

La comida también fue improvisada y caótica. No podía ser de otra manera. Siete y Ulises reposando sus hocicos en nuestras piernas. Emilio observando la escena mientras que nos miraba orgulloso desde su privilegiada postura. Lo que iba a ser unas alubias con arroz se convirtió por arte de extraña magia en una ensalada atípica, unas papas atípicas y unos huevos atípicos improvisados sobre la marcha. Según nos contaba el peculiar camarero, se había acabado el arroz y la cocina no funcionaba del todo. Los que estábamos sentados en la mesa nos mirábamos incrédulos, pero con cierta complicidad graciosa.

Como el caos no podía dejar de manifestarse, al peculiar camarero, quizás en algún intento desesperado de encontrar ese arroz que no había, metió el coche en una zanja y nada más terminar la última papa mojada en el huevo tuvimos que ir a ayudar a sacar el coche atravesado en mitad de un camino cercano.

No se puede hacer nada, no podemos cambiar el caos. Sólo podemos fluir por sus ramajes y comprender que dentro de todo este desconcierto aparente existe un hilo conductor que todo lo une y todo lo protege. Aún queda mucha tarde para seguir experimentando el principio de la entropía. Aún queda mucho camino para seguir improvisando este tipo de surrealismo mágico. Que el Camino siga fluyendo. Nosotros, sus hijos, beberemos de todas sus fuentes impredecibles, de toda su inconstancia e improvisación, regida, estoy seguro, por algún extraño destino, por alguna fortuna que hace que todo esté bien, que todo sea justo y perfecto.

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6 thoughts on “Día 15. VILLARMENTERO DE CAMPOS

  1. Hoy me quedo con la segunda foto, la de los pies (me recuerda a otra); con la cuarta, por ver la casa abierta a todo el mundo y cada parte de ese mundo ocupándose de sus tareas y, como no, con los tipis y ese burrito Emilio que, gentilmente, saluda a tu compañera.

    Y, por descontado, con una de las muchas reflexiones que nos ofreces cada día: vivir en el caos desde una medida imperceptiblemente controlada. ¿Controlada?

    Feliz día a todos 🙂

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