Día 14. FROMISTA


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¿Cuál es ese alimento que nutre a las almas? ¿Qué llama es esa que calienta los trozos de vida que nos transportan y dirigen? ¿Qué caminos escogemos, desnudos, bajo el sol o la lluvia, suspirando, levantando la mirada hacia todo lo que invisiblemente danza? ¿Qué techos son esos que nos cobijan y qué estrellas nos alcanzan en las noches que se abrazan afectuosas? Todo es un poema, una melodía dulce que trasciende el dolor de los pies y el cansancio ya silenciado. Regalos que aparecen, tesoros que se descubren constantemente, presentes del Camino que nos muestran la parte más amable de la vida, reencuentros de magos y magas que se reconocen mirando la estrella de cinco puntas, saludando desde el corazón, imitando a los antiguos peregrinos, como Riccardo, el anciano italiano que con sus toques, señales y claves ocultas pueden reconocerse unos a otros.

Eso ocurrió en Burgos. Ella estaba sentada en el comedor del albergue y yo esperaba a que Marie Anne terminara de charlar con unos amigos para ir a cenar. Nos miramos, nos reconocimos, nos saludamos en silencio, sonriendo por la complicidad, y nos separamos. Al día siguiente nos volvimos a cruzar y coincidimos en el mismo albergue. Seguía el saludo cómplice y la comunicación silenciosa. Pero ayer ya no pudimos más y nos hablamos para atestiguar y comprobar que la intuición, que el saludo mágico, que el reconocimiento eran verdaderos.

Fue hermoso porque tras reconocernos, tras hablar durante cinco minutos y compartir su agua diamantina, nos levantamos y nos fusionamos en un hermoso y sentido abrazo. Sí, una maga que reconocía a otro perdido mago y que se abrazaban para recordar viejas reminiscencias. A partir de ese momento ya no pudimos parar de hablar, de compartir, y sobre todo, de reír a carcajada limpia, como si nos conociéramos de toda la vida y como si las bromas que nos hacíamos solo fueran la continuidad de otro tiempo, una llama soleada que transmigra por la esencia universal de todos los tiempos.

Tras pasar un rato amable con Amancio, el tendero del pueblo que nos vendió, con descuento y charla amigable, unos calcetines de algodón, fuimos a ver la Casa del Alma y la magia de ese día especial continuó fluyendo durante toda la tarde. En la Casa del Alma habían rincones donde habitaban ángeles, lugares secretos donde podías acceder si conseguías que la llave dorada pudiera abrir puertas invisibles y ventanas que daban a jardines multicolores. Había bibliotecas alejandrinas y bodegas ocultas construidas con añejo material noble y una chimenea que alimentaba de calor una habitación acristalada y decorada de forma exquisita. En esa casa habitaban dos amables seres que abrían sus puertas para que cualquier peregrino pudiera escrudiñar sus secretos. Y eso hicimos, disfrutando del compartir, de la amabilidad y de la magia de lo sencillo, de lo cariñoso, de lo bello.

La mañana fue de nuevo un espectacular tránsito por el Camino. Laura, la maga, tenía los pies lastimados, así que permanecí a su lado, a cual escudero andante, y le ayudé en todo lo que pude durante la larga jornada de hoy. La cuidé y la mimé con todo el cariño de un alma libre. Le ayudé a conseguir unos improvisados bastones sacados de un vivo río para que aliviaran la marcha e incluso le cambié mis cómodas botas por las suyas, para consuelo de sus pies dolidos y para extrañeza de los peregrinos que nos contemplaban con cierta susceptibilidad y escrúpulo. ¿Cómo podían intercambiar las botas? Pensarían atónitos.

Para animar su pesada marcha, la abrazaba, le hacía bromas o simplemente le daba conversación para que su atención se dirigiera a estrellas y soles y no a sus abrumados pies. Su alegría, fortaleza y optimismo me servían de trueque mínimo para que yo mismo pudiera a su vez seguir su cada vez más rápido y ligero caminar. Durante al menos tres momentos nos entró un ataque de risa que nos hacía casi caer al suelo. Hacía mucho tiempo que no reía con tanta exageración y libertad. Unos alemanes que pasaban justo en alguno de esos momentos incluso llegaron a preocuparse. ¿Qué clase de alegría extraña nos poseía? ¿Qué clase de magia podía tratarnos con tanta familiaridad? ¿Qué clase de estrellas unen vidas errantes que se entremezclan entre el ruido del bosque y el rechinar de los tiempos? ¿Qué hace que almas peregrinas se reencuentren una y otra vez, despejando la duda de la incerteza?

El Camino hizo el resto, porque había de nuevo magia y perpetua impermanencia. Tulipanes que nos esperaban en cualquier esquina, ríos que danzaban fluidos por estas bellas tierras palentinas, Tierra de Campos, cargadas de paisajes imposibles y bañadas de color y baile, de palomares, con sus campos góticos plagados de historia y antigüedad. Lugar de visigodos que nos recibió con gentileza y buena acogida, recordando la magia de ayer y exponiéndonos a la de hoy. Tras comer, nos despedimos y nos dijimos: “seguro que coincidimos algún otro día”.

Así es el Camino. Cargado de tesoros que no pueden atraparse, que hay que dejar que resbalen como agua en una mano abierta, sin pretender poseerlos. Sólo agradecer su mágica presencia, solo abrazarlos cuando lo necesitan o requieren, aliviar su carga, incluso intercambiando las botas si hace falta con tal de que sus ampollas dosifiquen el dolor y puedan permitir una nueva carcajada, un nuevo sabor diferente, una dulce melodía hacia lo interior. Hoy en el Camino sonaban flautas entre los valles, violines entre montes que cobijaban al alma peregrina. Había un concierto extenuante y cargado de sabor primaveral. Una voz, una llama, un sonido permeable. Ondas de marismas abismales, de puro amor y respeto, de pura alegría y belleza. Así es el Camino cuando trasciendes y apartas el dolor. Cuando por encima de cualquier sufrimiento y preocupación te ocupas de caminar y contemplar extasiado el baile cósmico, la danza maravillosa, el paladar de la creación que se manifiesta constantemente como una música imposible, extraordinaria, sublime. Así es la vida, sublime, insigne, indescriptible.

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5 thoughts on “Día 14. FROMISTA

  1. Desde distintos puntos de España seguimos tu camino haciendo nuestros los nombres y lugares. El nombre de Fromista siempre me gustó, con su reminiscencia un tanto italiana. Hay una cosa muy hermosa del Camino, que en realidad es como la vida: gente siempre caminando. Ahora, por ejemplo, habrá algunas decenas de caminantes en potencia recién llegados a Roncesvalles para empezar allí la marcha y que mañana ya enfilarán hacia Zubiri, y Pamplona, y Puente la Reina… para llegar a Fromista dentro de unos días, con otro sol y otro cielo. Pero también los habrá en Saint Jean y en otros puntos de Francia, y también de Alemania…. Es una magia muy especial, como la de la vida, vuelvo a pensar. Y así, en los caminos a veces solitarios siempre hay finalmente alguien que viene a acompañarnos, primero es un puntito muy chico al fondo, que luego va creciendo, hasta acercarse y quizás incorporarse a nuestra marcha… Ayer hablabas del canto de los pájaros, pero también es cierto que los horizontes sin límite cantan a su manera, como queriendo evocar esa música de las esferas que no acertamos a recordar… Gracias una tarde más y que mañana sea un feliz día para ti y para cuanta más gente mejor. Oremos por ello.

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  2. Esas bonitas y silvestres flores, ese peculiar tronco, esas historias reales o reales historias… Gracias de nuevo, Javier, porque estamos en el mejor libro electrónico a tiempo real.

    🙂

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