Día 13. CASTROJERIZ


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¿Cómo describir la magia? Cada día resulta más difícil relatar con palabras algunas imágenes, algunos momentos, algunos instantes únicos e irrepetibles. Todo es como una película que pasa ante nosotros, majestuosa, indescriptible, única. Cada día susurra un secreto diferente. La mañana, de madrugada, es como un enigma que nos abraza y nos da la bienvenida a su manera. La naturaleza se abre ante nosotros y nos acoge penetrando con un suave aroma todas nuestras esperanzas. A veces cerramos los ojos para comprobar que todo eso que se muestra es cierto, real. Ha pasado alguna vez que al volver a abrirlos todo se ha teñido de un color dorado, de una luz indescriptible, de un matiz nunca visto. Son reflejos, llantos de otra dimensión que se contagian y mezclan con la realidad. Una especie de gemido de luz que atraviesa nuestra imperceptible presencia.

Desde que salí del albergue esta mañana no vi una sola alma en los diez primeros kilómetros de travesía. En ese tramo no había ninguna población, solo un altiplano verde con un camino lleno de barro. Un largo y perpetuo pastizal desde el que se devoraba un horizonte infinito. El lodo te hacía ir despacio, pero eso te permitía detener la mirada y la consciencia en los pequeños detalles. Era difícil caminar y cada paso parecía interminable, pero a veces ir especialmente despacio te permite contemplar la vida desde otra perspectiva. Podías afinar el oído y escuchar el concierto de los cientos de pajarillos que nos acompañan constantemente por todo el camino. Hoy los escuchaba especialmente, sus latidos, sus conversaciones, su curiosidad a la hora de aproximarse y ver qué hacemos, hacía donde vamos. Se posaban unos metros por delante y cuando nos acercábamos, volaban otros metros más para jugar un rato con nuestro esmero.

En algún lugar me crucé con una peculiar familia de franceses que hacían el viaje con sus tres hijos y sus tres burros. Me pareció increíble esa imagen que me trasladó a un lugar diferente y a un tiempo distinto. Los niños se alegraron al verme y saludaron con una sonrisa inmaculada que contagiaba alegría y belleza. Parecían reyes cabalgando sus monturas, felices, como si portaran un gran tesoro o fueran a algún tipo de pesebre viviente. Qué alegría estos regalos del camino, esta inspiración para imaginar un mundo así, sencillo, montados en un amable burrito y caminando por esas sendas imposibles. Cuando me pasaron, el burro que portaba a la joven niña se paró y miró hacia atrás. Ella se alegró por el gesto del burro y nos saludamos nuevamente. Su sonrisa era toda una danza, una acrobacia del espíritu encarnado en ese instante. Era todo tan emocionante.

Cuando llegué al albergue de Castrojeriz había cuatro peregrinos que esperaban desde hacía dos horas a que llegara el hospitalario. Esa actitud pasiva me animó a hacer de peregrino hospitalario. Así que cogí el mando del albergue y fui apuntando y acomodando a todos en sus camas. Les pedí que se ducharan y se relajaran mientras que llegaba el hospitalario, pues no tenía sentido estar esperando fuera pasando frío. Hice lo mismo, y para que no pensaran que tenía algún tipo de interés en ese acto, cogí, en vez de una cama, un colchón que había en el suelo, dejando las camas para los demás. Me miraron con extrañeza pero les dije que a veces en el suelo se duerme mejor. Así que todos felices y contentos y extrañados, pero sin pasar frío y descansando dentro, instalados en su lugar correspondiente. El abuelo italiano de más de setenta años, Riccardo, lo agradeció especialmente. Su sonrisa y su alegría eran un poema. También el anciano japonés Okayasu, adoptado por tres simpáticos catalanes del que no se despega ni un segundo. Es curiosa la simbiosis de este grupo con el que me he cruzado en más de una ocasión. El japonés no habla ningún idioma excepto el japonés, y los españoles solo entienden el español. Pero siempre van juntos y se comunican por gestos de forma muy simpática. Los catalanes le hablan como a uno más, y Okayasu responde siempre con una reverencia y una simpática sonrisa.

El Camino es un banco de pruebas que pone a punto nuestra humildad, nuestro respeto y tolerancia con el otro, nuestra apertura a la sorpresa y lo nuevo. También es una lección para indagar sobre nuestras posibilidades humanas y espirituales. Sin duda nos transforma por dentro y por fuera, admirando el tiempo como un don que se nos da para administrarlo con sabiduría, amor y compasión hacia todo lo que nos rodea. El fango, los pajarillos, los peregrinos que vienen y van, la lluvia, el frescor de la mañana. Todo es una lección, todo una oportunidad para expresar lo mejor de nosotros mismos. Algo que luego nos sirva para la vida común, para el tiempo ordinario de nuestras vidas siguientes.

Optimismo y alegría, sinceridad y sencillez en todo cuanto hacemos y pensamos, capacidad de sacrificio, pero también de admiración y contemplación del milagro de la vida, de la oportunidad de experimentarla y sentirla. El Camino nos hace delicados y solidarios, limpios y cuidadosos con todo. Aprendemos, tal y como manda el mandamiento del peregrino, que el verdadero equipaje es nuestra actitud de búsqueda y comprensión. En el Camino no hay prejuicios, ni hacia los demás ni hacia uno mismo. Todo puede ser abrazado sin complejos, todo tiene un fondo hermoso y sorprendente, todo es sencillo y complejo al mismo tiempo. Hay un mensaje en cada experiencia. Hay una lectura, un lenguaje que interpretar en cada acontecimiento. Un peregrino debe aprender a leer en ese libro de gratitud donde no hay fronteras ni separaciones, donde no vale encerrarse en sí mismo sino abrirse al constante acontecer, a sus gentes, a ese altavoz de la naturaleza que sirve como expresión artística de la creación. Lo más increíble es cuando cerramos los ojos, respiramos profundamente y nos damos cuenta de que nosotros mismos pertenecemos a esa naturaleza, a esa creación.

En el silencio de cada mañana, nuestro corazón respira y nos cuenta la dulce canción que nos dice que siempre hay que continuar más allá. Que cada día es un milagro al que hay que dar gracias.

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10 thoughts on “Día 13. CASTROJERIZ

  1. Querido Javier, buena y bonita colección de fotos nos dejas hoy. Ya en muchas de ellas se ve (se vive) la magia que dices. Si que es bonito escuchar las conversaciones y los dimes y diretes de los pajarillos. Siempre pienso en su generosidad, pues cuando parece que estamos solos, no lo estamos, ahí tenemos siempre un coro, realmente celestial. Los largos caminos con el horizonte al fondo bien visible sugieren muchas cosas. Imagino que algo distinto y a la vez parecido a cada uno de nosotros. Los cielos inmensos, con o sin nubes ayudan a oxigenarse, a abrir el alma, a reencontrar, aunque uno no esté en ese camino y bajo ese cielo. Así pues, bienvenidisima esa magia que nos traes y nos recreas. Y con tu llamada de hoy, yo también doy gracias. Fuerte abrazo. J

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  2. Creo que todo eso lo siente una persona que se ha iniciado en el despertar. Gracias por este texto bello que me invita a iniciar el camino, que tantas ganas tengo de iniciar.

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  3. Qué maravilla querido Javier.
    Gracias por transmitir todos esos sentimientos, tus vivencias son increiblemente mágicas… es lo eterno de la vida, lo efímero de cada instante que se hace eterno en la retina.
    Gracias…

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  4. La primera imagen: aparato con el que poder contactar con casi cualquier parte del mundo.
    La sexta imagen: unas personas con un medio de transporte digamos singular para estos tiempos.

    ¿No es genial?

    Es increíble todo lo que eres capaz de observar, sentir, y a la vez transmitir con una naturalidad aplastante y contagiosa…vamos que no muero sin hacer el Camino 😉

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  5. Gracias Javier por vivir esas experiencias tan maravillosa en nombre de todos nosotros y por hacérnoslas sentir. Podemos oir el canto de los pájaros, percibir el fango en los pies, ver la sonrisa de la niña del burro, observar al abuelo italiano italiano durmiendo en su cama…. ¡En fin, un deleite! ¡Que sigas disfrutando de la magia y transmitiéndola! Un abrazo grandeeeeee

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