Día 12. HORNILLOS DEL CAMPO


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En los grandes nodos, en las grandes ciudades, las almas peregrinas se reencuentran para compartir experiencias y momentos. Eso ocurrió ayer en Burgos, donde pude reencontrarme con casi todos los que habíamos empezado juntos. Los canadienses, los australianos, los americanos, los italianos… El reencuentro fue hermoso. Para la bella Marie Anne Burgos era su fin de Camino. Cuando nos vimos en la recepción del albergue nos dimos un sentido abrazo, como si dos viejas almas que se conocen de vidas y vidas se reencontraran de nuevo. Realmente fue mágico ver su brillante sonrisa y compartir de nuevo un día más. Para celebrar el reencuentro y despedirnos de Marie Anne, fuimos más de veinte peregrinos a cenar juntos. Pasamos un rato agradable, parecía como si realmente estuviéramos en el final del Camino de todos y esa fuera una gran fiesta de celebración. Era increíble ver la hermandad y la amistad que recorría a todos, como si se conocieran de toda la vida. Estaban alegres y animosos porque cada día de Camino es una experiencia profunda e increíble.

Al final de la cena Marie Anne me pidió que la acompañara a dar un paseo. Nos alejamos del grupo sigilosamente y paseamos en silencio por las calles desnudas de Burgos hasta llegar a la inmensa catedral. La imagen era una estampa hermosa plagada de reminiscencias de otro tiempo, de lugares comunes sacados de otras existencias. Estuvimos un rato contemplando esos árboles de piedra que se sumergen en la noche hasta alcanzar el cielo. Hay siempre una nota de misterio en esas catedrales imposibles, en esas piedras que forman paredes y en esas paredes que juntas, de formas diversas, recuerdan el lugar sagrado que habita en nosotros. Nos quedamos quietos, contemplando, meditando, deteniendo el instante para convertirlo en infinito. Eso ocurrió, porque los templos, los interiores y los exteriores, son precisamente eso, puertas al infinito.

Seguimos hasta el albergue silenciosos, paseando tranquilos como si fueran miles de cosas las que quisiéramos compartir sin que pudieran salir más que con silencios y miradas. En el albergue nos abrazamos, le miré a los ojos y le dije: “Gracias por tu Camino”. Realmente, los días que habíamos pasado juntos los había hecho diferentes, más alegres, porque hay personas que tienen esa capacidad extraordinaria de contagiar vida y alegría con tan solo su presencia. Así que gracias amiga por tu mágica presencia… y hasta siempre.

La mañana de hoy amaneció con niebla. A la salida de Burgos me paré a leer una placa bajo la estatua de un peregrino de bronce que me pareció hermosa: “cuando el viaje llegue a su fin saldrá la estrella de la tarde y las armonías del crepúsculo se abrirán ante el pórtico del rey”. En ese momento una simpática peregrina italiana se unió a mi lento caminar y al poco de andar juntos salió un radiante y milagroso sol. Marta, una joven doctora de Génova se casará en septiembre y quería hacer parte del camino para meditar sobre esa importante decisión. Mezclando italiano, inglés y español no paraba de hablar y contar anécdotas de todo tipo. Me acompañó durante tres horas y luego continuó un poco más mientras compartimos un plátano y algo de chocolate antes de la despedida. Mi cuerpo, cansado, prefirió descansar tras seis horas de jornada bajo un paisaje radicalmente diferente al de ayer. No había nieve, el frío era soportable y la compañía agradable.

Nos asomamos a los campos recordando tantas y tantas cosas de estos días. Contemplamos los trigales verdes y las fuentes que de vez en cuando aparecían para saciar al sediento. Había nubes que parecían naves transportadoras de ilusión y gracia que dibujaban hermosas figuras con su sombra. Paseaban pacientes por un cielo azul decorado por una luna menguante que parecía tímida ante el radiante día. Al contemplarlas comprendíamos que todo está bien. Que lo sobrenatural, lo increíble, lo sorprendente y extraordinario de la vida está ahí, ante nosotros, manifestándose en toda su gloria y plenitud. No hacen falta grandes conocimientos, ni grandes experiencias místicas. La verdadera mística está en lo más sencillo. En la plena contemplación de esas nubes, en poder fusionarnos con la brisa y el aleteo constante de todo cuanto respira. Es en ese respirar continuo donde se encuentra la auténtica trascendencia. Es ahí, en las partes finitas de nuestro infinito devenir donde se encuentra toda consciencia superior. Es ahí donde están todas las respuestas del alma peregrina. El desapego es necesario para seguir adelante, comprendiendo que la vida no puede atarse ni detenerse. Todo continua, todo transita, todo cambia junto a la estrella de la tarde y las armonías del crepúsculo. Todo forma parte de un penetrante devenir que fluye incesantemente. Incesantemente…

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4 respuestas a “Día 12. HORNILLOS DEL CAMPO

  1. “Don Quijote soy, y mi profesión la de andante caballería. Son mis leyes, el deshacer entuertos, prodigar el bien y evitar el mal. Huyo de la vida regalada, de la ambición y la hipocresía, y busco para mi propia gloria la senda más angosta y difícil. ¿Es eso, de tonto y mentecato?”

    No hay que estar más que dispuesto a no parar de vivir experiencias. Es forma de reconocerlas y disfrutarlas.

    Vive Dios que tú lo estás consiguiendo!!! 😉

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