Día 10. SAN JUAN DE ORTEGA


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Frío, lluvia, nieve, barrizales imposibles, auténticos ríos en todas las sendas, pies calados, piernas quebradas, pero inevitablemente, espalda recta y mirada firme. Especialmente en un momento donde, tras doce kilómetros de auténtica soledad y suplicio en un bosque interminable, hubo un lapso de desesperación. Me paré en seco y respiré profundamente tres veces. Doblé el cuerpo, volví a levantarme con las manos en cruz y cerré los ojos. Pude sentir el dolor como si fuera una locomotora que aplastara todo cuanto tocara. Pude sentir el viento gélido y la nieve, cada mota de nieve que golpeaba el chubasquero o el rostro inerte. Pude ver como el helado barro se revolvía en los pies y atrincheraba la sensibilidad fuera del cuerpo. No había nada excepto dolor, penetrante dolor.

Pero en ese instante donde la actitud es lo que te da firmeza, también pude recordar la bonita tarde que pasé ayer junto a los tres únicos peregrinos que compartimos profundas conversaciones con los amables hospitalarios. Pude recordar el riquísimo cocido riojano con el que despertamos del letargo hambriento. Y la sorpresa de que alguien había escuchado una conversación y se había enterado de que era mi cumpleaños. De repente apagaron la luz, e iluminados por la fugaz llama de la chimenea, me obsequiaron con un cumpleaños feliz y una improvisada tarta. Al menos hacía más de veinte años que no apagaba unas velas. Así que la emoción fue extrañamente bienvenida.

Y en ese instante vidrioso, anclado en el barro, también recordaba las palabras del hospitalario franciscano sobre El Camino: “no existe el Camino, nosotros somos el Camino”. Esa frase me inquietó y me acompañó toda la mañana. Especialmente en esos doce últimos kilómetros de soledad absoluta, de dolor absoluto, de quiebra. “No existe el Camino, nosotros somos el Camino”.

Cuando me incorporé y abrí los ojos era como si todo hubiera cambiado. Me vino a la memoria la hermosa oración que hicimos en la pequeña capilla del albergue de ayer, con sus velas y su humilde cruz hecha de ramas. Las palabras de los peregrinos, sus historias, algunas duras, muy duras, especialmente la que me tocó leer de una joven que había sido violada por un familiar y hacía el Camino para poder perdonar. Acompañamos la oración con algunos cantos de Taizé y unas bonitas palabras sobre el resurgir y la esperanza de los que caminan, sobre la promesa de seguir adelante pase lo que pase, perdonando y olvidando el pasado, reconciliándonos con el dolor que también forma parte de la vida.

Miré hacia atrás antes de seguir la marcha y apareció el cálido Matt, el californiano que había salido con mi quinta y con el que había compartido buenos momentos junto a los canadienses. Fue como un regalo que me acompañó en el último kilómetro antes de llegar a mi querida San Juan de Ortega. Es un lugar donde los peregrinos no se detienen porque hasta hace muy poco no había ni calefacción ni agua caliente. Esta era mi tercera vez porque siempre me pareció un lugar mágico. Especialmente cuando José María, su antiguo párroco, nos despertaba por las mañanas con música gregoriana y un buen desayuno. Murió hace dos años y ahora ya hay calefacción y agua caliente. Pero hubiera preferido su música y sus tostadas.

Es cierto, no existe el Camino, ¿no es eso lo que decía el Tao? ¿No es eso lo que nos dicen los pájaros y las nubes y los árboles y las piedras? Nosotros somos el Camino cuando el pájaro canta, cuando los árboles renacen en primavera o cuando las piedras habitan templos y puentes. Cada parte de toda esta experiencia forman el Camino. Aquellos caracoles, aquellas sonrisas, el aleteo fugaz de cualquier instante. Nosotros somos el Camino.

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10 thoughts on “Día 10. SAN JUAN DE ORTEGA

  1. “No existe el Camino, nosotros somos el Camino”.
    Estoy de acuerdo Javier… yo también creo que nosotros somos el camino.
    Animo, al final de ese camino, hay un nuevo horizonte… esperanzas renovadas.
    Besitos

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  2. Querido Xavi, aquí seguimos caminando contigo y disfrutando mucho. Esta mañana en el desayuno con Berta y Pedro, los tres expresábamos preocupación por lo que puedas o no llevar de abrigo y protección en esa pequeña mochila. Nos transmites en tus crónicas la esencia del camino, que es esa preciosa desconexión pegado al terreno, donde una comarca por arte de magia se convierte en el universo entero y desde la cual ya el universo entero se entiende mejor. Así que seguiremos buscándote en este espacio al principio de cada tarde. Un abrazo!

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  3. Por cómo lo describes, me da la sensación de que este caminar tuyo ahora hacia Finisterre es el cierre de una etapa. Es curioso percibir tus sensaciones de frío, alegría, tu constante recuerdo con otros caminos… Hablamos de tu transformación interior, qué te está dando este camino?
    Abrazo peregrino!

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