Día 6. NAVARRETE


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Siento decir que hoy ha sido un día especialmente duro, con momentos de lucidez, pero duro. Empecé a caminar perezoso y lleno de dolores a eso de las siete. A los dolores propios había que sumar algún tipo de indigestión y un malestar generalizado que me acompañó todo el día. No me desanimé por ello y continué, además, haciendo doce kilómetros más de lo habitual.

Como todas las mañanas, andaba solo y así permanecí toda la marcha. Hoy los peregrinos se habían dispersado. Incluso el pequeño grupo de canadienses con el que últimamente recorría parte del camino había decidido sumergirse en la soledad y la desbandada. Es como si hoy la dureza se agudizara y la alegría diera paso al estupor y el aturdimiento tras abandonar tierras navarras y entrar a caminar entre viñedos riojanos.

A las dos horas me volví a cruzar, como todos los días desde que empecé el Camino, con Marie Anne. Ha sido la única persona con la que he viajado casi de continuo, coincidiendo en los mismos albergues y en los mismos tramos. Los dos primeros días solo compartíamos la complicidad de las miradas y las sonrisas. Los tres últimos días nos volvimos casi inseparables. Silenciosamente inseparables, porque prácticamente no hablábamos nada. Nos conformábamos con el caminar juntos en silencio mientras yo silbaba alguna melodía o ella se paraba a fotografiar alguna flor. La mutua presencia no nos disgustaba, más bien era como pasear con un viejo amigo con el que has compartido muchas cosas. Siempre que nos cruzábamos nos alegrábamos y continuábamos juntos. A veces salía yo primero del albergue y otras veces era ella, pero a las dos horas de trayecto, en alguna parte, siempre coincidíamos. Comíamos algo juntos en silencio, descansábamos en silencio y entrábamos a las iglesias en silencio.

Sin embargo, cuando esta mañana nos cruzamos de nuevo, me pidió soledad y se la di. Nos cruzamos un par de veces en el Camino y me despedí de ella, con un guiño silencioso y una sonrisa del alma, antes de entrar a Logroño. Ella se quedó allí y yo preferí continuar, algo extenuado, doce kilómetros más.

He querido compartir esta bonita historia porque muestra otra de las enseñanzas del Camino: nada permanece, todo cambia, todo es impermanente. No podemos aferrarnos a los bonitos albergues ni a los bellos paisajes ni a los increíbles peregrinos con los que nos cruzamos porque todo cambia constantemente a medida que avanzas, e incluso las personas entran y salen de nuestras vidas incesantemente. Son pocos los que realmente permanecen hasta el final. Muy pocos. La impermanencia es constante en cada paso, por lo tanto, el desapego es continuo. No puedes aferrarte a nada ni a nadie. Ni siquiera al dolor. Solo podemos sumergirnos en él, abrazarlo y sentirlo como parte de la vida. Duele, claro que la vida duele, pero hay que seguir adelante.

Y hoy, a pesar de que en los dos últimos días habíamos atravesado ya la barrera psicológica del dolor mental, este se agudizaba en cada paso. Especialmente por esos doce kilómetros extras que han hecho que llegara tarde y extenuado al albergue rodeado de caras nuevas y de gente nueva, todos diferentes a los de los días anteriores.

He seguido la rutina intentando no perder la concentración. Sacar la ropa limpia de la mochila, ir a la ducha, lavar la ropa sucia del día, tenderla y empezar a trabajar un poco. Rutina que hacía ante la extrañeza de no cruzarme con las caras conocidas. Es curioso como les coges cariño a unos y a otros y es curioso como luego los echas de menos. Sin duda, mañana el Camino será totalmente diferente sin ellos.

Hubo un momento de lucidez a las afueras de Logroño, en un hermoso bosque que rodeaba un gran lago. En la soledad y el cansancio del momento, pude ver como se acercaba tímida una ardilla. Cuando desapareció, el viento empezó a soplar en la alameda haciendo que sus semillas parecieran copos de nieve cayendo en la hierba. Todo estaba blanco de repente. Sentí como si yo mismo, alejado de las quejas y los dolores, fuera un copo más que caía suave dejándose mecer por ese instante. Quería caer y sumergirme en la tierra, echar raíces y ser árbol. Quería desligarme por un momento de ese trozo de carne que somos, que sufre o se alegra o se desvanece entre el canto cósmico de las estrellas. Cuando terminó el espectáculo, se cruzó una ágil y gran serpiente en el camino que me devolvió a la realidad. Sentí de nuevo el dolor y continué caminando.

Ante la falta de estímulo peregrino y la extrema soledad del día, he tenido la suerte de sentir como otros peregrinos del alma estaban ahí, animándome con sus palabras, sus mensajes, sus llamadas. He recibido esos cuidados del alma que no sé como agradecer y que me han dado aliento a cada paso, a cada momento. Así que gracias de corazón por vuestro impulso, especialmente gracias a E., que ha estado a cada instante protegiéndome del desmayo y la recaída. A veces aparecen este tipo de ángeles que te guían y te dan aliento. No sé como ocurre ni sé con qué pretexto, pero siempre aparecen y te abrazan y te rozan con sus almas limpias y puras.

Y ahora la tarde sigue. Celebraremos la fiesta de la luna llena de Tauro y el Wesak en silencio, con los peregrinos del alma que esperan en algún valle del Himalaya.

Mañana echaré de menos la sonrisa de Marie Anne, pero la vida continua, y el largo Camino sigue.

(Foto: La soledad de hoy se reflejaba en un camino vacío de almas. En la primera foto, la última vez que me crucé con Marie Anne, la cual, por primera vez vi sola en el Camino. En la segunda, al fondo, Navarrete, un poco antes de llegar al final).

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8 thoughts on “Día 6. NAVARRETE

  1. Gracias por tu agridulce crónica del día.

    Plasmas muy bien el sentimiento de soledad de encontrarte con nuevos caminantes, añorando el grupo que has dejado.

    La vida tiene mucho de eso.

    Has hecho muchos kilómetros hoy. En Navarrete creo recordar que hay una iglesia preciosa.

    Mañana la vida sigue y desde la distancia mandaremos muy buenos pensamientos

    ¡Fuerte abrazo caminante!

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  2. ¿ No nos digas que también tienes dolores?…pensaba que que estas hecho de otra pasta. Sin dolor…sin “quejas”…apenas comiendo… Es broma,seguimos caminando.

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