Día 4. AYEGUI


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Hoy lucía un sol increíble. El día parecía una continua expresión de vida. Había flores por todas partes, multicolores de formas que podían elevar su sintonía silenciosa con la simple expresión de su belleza. Todos los peregrinos parecían contentos y alegres, satisfechos por el regalo de la travesía. Unos cantaban, otros sonreían, a veces metíamos los pies en el agua de algún afluente o río o nos tumbábamos en la hierba durante rato. No había prisa por llegar a ninguna parte. Todo estaba bien.

Cuando nos cruzábamos unos con otros, compartíamos alguna palabra, no importaba si era en portugués, en inglés, en francés o alemán. En el Camino todos se entienden, especialmente en cada encuentro cuando todos claman, en un solo idioma, ese entrañable “buen camino”. En esta vía larga pero estrecha, todos son hermanos y hermanas amables, dóciles y felices que se ayudan y se protegen.

Pensaba sobre estas cosas mientras observaba cada gesto y mientras parábamos a beber agua en las fuentes o entrábamos sigilosos o respetuosos a cualquier templo que tanto abundan por estos lugares. Reflexionaba sobre los signos, inequívocos para el alma peregrina. Están en todo el Camino. No hay pérdida posible. Sin embargo, a veces nos distraemos y desaparecen de repente. Entonces nos perdemos y tardamos un buen rato en retroceder hasta el lugar adecuado. Retroceder cuando te equivocas es una gran enseñanza del Camino. No importa si erras y pierdes el rumbo. Siempre puedes retroceder, volver a mirar atrás y perseguir de nuevo las huellas, las señales.

Observo que en las ciudades o en los pueblos es más fácil perderse. Los tres primeros pueblos que atravesé logré perderme y hacer algún kilómetro de más. Al concentrarme y ver que no había ninguna señal, era relativamente fácil darse cuenta de que algo no iba bien. Una de las enseñanzas del Camino es la siguiente: “si durante un buen rato no ves señales, retrocede, ese no es el camino”.

Es un buen símil para la vida real. Las ciudades están llenas de estímulos. Es tan fácil distraerse, voltear la mirada hacia cualquier parte excepto hacia la esencia de las cosas. Entonces perdemos nuestro centro, nos desconectamos de la naturaleza del viaje de la vida y desorientamos el rumbo. Puede llegar un momento en que nos preguntemos: ¿qué hago aquí? ¿hacia donde iba? Trabajamos toda la vida sin vivir la vida, sin experimentar las lecciones que acontecen en la experiencia inevitable. Luego todo se pierde o todo se apaga y al final de nuestros días vendrá el inevitable examen de consciencia: ¿he vivido la vida? ¿he experimentado el Camino?

Pero por suerte, a veces despertamos antes del final. Llega un momento inevitable en que paramos, y las señales se imponen si mantenemos cierta atención, si estamos alertas y despiertos. Entonces todo se manifiesta de forma diferente. ¿Y cómo podemos ver esas señales en nuestro camino personal? Primero debemos saber a donde queremos ir, segundo, encontrar nuestro Camino y tercero, caminarlo sin miedo, sin prisas, sin pausas, abiertos al amor de la experiencia.

Eso hicimos hasta llegar al peculiar albergue de Ayegui, a pocos kilómetros pasado Estella. Cerca de aquí está la fuente del vino de Iratxe y un buen grupo con un grado mayor de alegría querían ir hasta allí. Eso hemos hecho esta tarde. Como no bebo vino, aproveché la alegría del grupo para despistarme y subir hasta el Monasterio de Iratxe. Allí estuve unos minutos en silencio dando gracias por seguir en la senda, por no perderme y saber ver las señales. Como digo, las hay por todas partes. Solo hay que estar atentos para verlas y seguirlas.

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6 thoughts on “Día 4. AYEGUI

  1. Querido amigo…
    Yo sé que no eres consciente del verdadero templo espiritual que has visitado hoy…
    Nada menos que las Bodegas Irache!!! Si casi soy accionista!!!
    Un fuerte abrazo y grcs por dejar el vino para quien lo aprecia y consumir, fundamentalmente, agua clara de manantiales.
    Por cierto. Siempre que veo una cruz naciendo de la rosa me estalla la curiosidad.

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  2. No seas tan estricto, Javier. Mi padre hace un vino casero riquísimo, sin sulfitos, ecológico… Hasta la Biblia alaba las virtudes del vino. Siempre que sea solo un traguito, no hace daño ni al cuerpo ni al espíritu.

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