ZIZUR LA MENOR Día dos


 la foto

Esta mañana me desperté algo perezoso a eso de las seis y media. Ayer, cuando el cuerpo se enfrío, todo eran dolores. Especialmente por los pies y las rodillas. Estaba quebrado, casi no podía andar. Había forzado demasiado la máquina en el primer día. No había casi comido, no había casi bebido nada y llevaba un ritmo excesivamente acelerado. Tomé un ligero bocadillo de tortilla francesa a media tarde y nada más hasta hoy a las diez. Realmente no tenía mucha hambre. Trabajé algo y me acosté temprano sin cenar y me desperté sin desayunar.

Hoy a las siete de la mañana era de los últimos en salir del albergue. Caminé mucho más despacio que ayer. Casi a paso lento. Alcanzaba a unos y me adelantaban otros. A las once ya estaba en Pamplona, lugar donde la ortodoxia decía que debía pasar la noche. Seguí, ya abatido, unos kilómetros más, hasta Zizur la Menor, donde llegué a eso de la una. Fui el primero en hacerlo, el resto de peregrinos los imaginaba disfrutando de Pamplona y sus asadores. Lo bueno de ser vegetariano es que ese tipo de estímulos pasan desapercibidos hasta el punto de que aún no he comido nada. Ni siquiera tengo hambre. Es como si pudiera alimentarme del Camino, o de las luces y la magia que me llegan desde esas estrellas inexplorables.

Hoy también estoy físicamente roto. Es normal. El cuerpo siempre se muestra perezoso cuando lo sacas de su rutina. Calculo, si todo va bien, que en dos o tres días más se habrá acostumbrado a la dureza del andar y dejará de quejarse. Mientras eso ocurre, se me eriza el cabello cuando miro para atrás y contemplo los valles y las montañas que ya caminé. ¿Es posible que puedas viajar andando hasta lugares tan remotos? Es posible si te desapegas del dolor y lo ves como un mal menor necesario. O si lo haces sin prisa, pausadamente, a sabiendas que al final siempre se llega a alguna parte. Cada paso es una lección. Cada sonrisa peregrina es una promesa. Cuando algún peregrino me pregunta donde pasaré la noche siempre le respondo lo mismo: “no lo sé, donde diga mi cuerpo o mi alma”. No llevo mapa, ni sé qué hay delante o más allá. No he programado nada. No quiero hacerlo, aunque miro con cierta curiosidad como los otros peregrinos cuentan uno a uno los kilómetros que llevan y los que les quedan. ¿Para qué? Hay algunos que nunca llegarán, que su Camino será otro. Como el de esas personas que han muerto haciéndolo. De vez en cuando te encuentras alguna cruz con algún macabro título: “Fin del Camino”. Eso te hace respirar profundamente y dar las gracias por cada paso, por cada aliento de vida. Por eso mejor no programar. Como hoy me decía una joven canadiense cuando intentaba explicarle que no llevaba ninguna intención: “ese es tú camino”.

Sí, así es, toda alma peregrina tiene su propio Camino. Y a veces unos se cruzan con otros, a veces unas almas se cruzan con otras. Almas que te rozan suaves aún en la distancia, pero que están ahí. Casi puedes sentir su aliento, sus labios, su mirada invisible, sus abrazos sentidos. Por eso el alma sigue jovial y expectante. Reflexiona en silencio sobre unas y otras cosas. No las piensa. Solo las siente. Las penetra.

Realmente es hermoso observar como todo está de alguna forma unido. Cuando camino saludo a los pájaros o a los caballos o a las vacas o abrazo con mi tacto suave la dura corteza de los árboles. Siento esa extraña unión con todo. Mientras hoy escribía tumbado algunas cosas a la entrada de Pamplona un perro vino a saludarme. Estuvimos un rato abrazados, relamiéndonos como si nos conociéramos toda la vida. Cuando llegué al hermoso albergue que regenta la cariñosa Maribel desde hace más de veinte años, charlaba con ella de sus viajes por Francia e Inglaterra mientras, tumbado en la hierba, acariciaba a una de sus grandes tortugas. Ella me decía: “este albergue es como viajar sin viajar, o como vivir en una continua torre de Babel horizontal”. Me ha gustado escucharla en ese ratito de paz que ambos hemos compartido, mientras me sentía unido a ella, y a su tortuga, y al recuerdo del perro en Pamplona y al de los ruiseñores y mirlos que saludaban en el Camino. Mientras me sentía fluyendo con esas almas que acarician mi alma peregrina con sus cantos de amor y belleza, con su extrema delicadeza en sus roces.

(Foto: Esta es la pequeña mochila que todos miran con extrañeza. Realmente me sobra la mitad de las cosas. Casi podría llegar desnudo a Santiago. Dos mudas, una para el día y otra para la noche. El secreto está en lavar todos los días la muda del día. El ordenador, el saco, una de esas toallas que son manoplas que no ocupan nada junto a unas zapatillas ligeras para la ducha, y el champú para el pelo junto con el cepillo y la pasta de dientes. No llevo ni linterna ni cantimplora. Bebo de las fuentes y cuando no hay luz, me guía el alma. ¿Para qué llevar más?)

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9 respuestas a “ZIZUR LA MENOR Día dos

  1. Lo de los estiramientos es imprescindible, y también debes beber más y comer
    frutas. Te han dado muy buenos consejos los/as que me precedieron en los comentarios.

    El tamaño de la mochila está bien, pero no sé si se adapta correctamente a la espalda.

    Ya que vienes a Galicia quiero regalarte algo. Te lo dejaré en alguno de los albergues
    por los que pases, probablemente en O Cebreiro, que no me queda muy lejos. Procuraré que sea algo que no te pese ni ocupe mucho en tu mochila. Cuando estés más cerca ya te diré donde te lo dejo. Confío en que irás a recogerlo.

    Un abrazo, y buenas caminatas.

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