Día uno, desde LARRASOAÑA


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Las almas son peregrinas. No entienden de espacio ni de tiempo. Se desplazan de un lugar a otro, buscando donde poder servir mejor, donde poder amar mejor, donde poder relacionarse con el mundo y el universo de forma más amplia y profunda. Se roza con los tallos de cualquier árbol, con las ramas de la madreselva que gatea por las paredes, inspira el perfume de las flores del camino, su esencia volátil. Es capaz de acariciar con la mirada los valles y las montañas de cualquier paisaje, como durante siglos y siglos lo han hecho esos cientos y miles de peregrinos, de almas peregrinas, que han transitado por los caminos.

Esta mañana me desperté el primero a eso de las cinco. Estaba soñando con un maestro tibetano, y en sueños se presentó y me dijo: “levántate y anda”. Fui obediente, muy obediente. Sigilosamente, sin hacer ruido, empecé en solitario el Camino mientras los demás dormían. Todo era oscuro y los primeros kilómetros intenté que el farolillo que salía del móvil me ayudara en el andar. Luego preferí que fuera la luz interior la que me guiara. Era un ejercicio divertido. El barro podía ser sentido por mis pies y eso me desviaba un poco. Si me salía del camino, las ramas me acariciaban, indicándome suavemente la dirección correcta. Pude agudizar algo la vista, pero no mucho, lo suficiente para no tropezar con grandes piedras. Casi podía sentir el alma de tantos y tantos peregrinos que por allí habían pasado. La noche siempre tiene esos misterios. Casi se puede escuchar el rumor de las sombras.

Tardé dos horas en cruzarme con alguien. Por la noche no había cenado nada y hasta las diez no paré dos minutos a comprar una barra de pan que rellené con chocolate de avellanas. En el mismo lugar, además, donde lo hice hace ahora seis años. La mujer que despachaba se extrañó al verme. “Has llegado muy temprano”.

No podía parar de caminar. Las primeras bicicletas me adelantaron a las cuatro horas de mi partida. Llevaba mucha ventaja, tanta que a las once ya había llegado al albergue donde la ortodoxia decía que había que pasar la primera noche.

Demasiado temprano, así que continué hasta el siguiente albergue, seis kilómetros más allá. A unos tres kilómetros a la hora, a la una de la tarde ya estaba escribiendo algunas letras.

Aprovecharé la tarde para escribir algunas cosas, para corregir algunos libros, pare maquetar y hacer ilustraciones y preparar algunas novedades. Seguiría andando, pero mis pies están cansados y hay mucho día por delante. Así que trabajaré un poco y soñaré, de paso, con las luces que se han encendido ya en este primer viaje.

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