Desde Roncesvalles


 la foto

Cuando el autobús llegó puntual, aún había nieve apilada en los patios. Acababa de llover y parecía como si la tierra pudiera olerse desde lo más profundo. Di un pequeño paseo tras recoger la acreditación de peregrino e impulsivamente entré en la pequeña iglesia de Santiago. La primera vez que asistí a la misa del peregrino fue hace más de veinte años, en septiembre de 1992. La segunda vez fue en 2007. Las dos veces hice el Camino en bicicleta desde principio a fin, desde su alfa a su omega. Ambas veces acompañado. Esta vez estaba solo en la última fila, observando todas esas luminarias que brillan con luz propia y esperan un profundo reconocimiento de su ser en esta aventura.

Esta vez todo parece diferente en apariencia. El albergue de Roncesvalles está totalmente reformado. Un ejército de voluntarios extranjeros nos asisten y hay cientos y cientos de peregrinos que vienen de todas partes del mundo. Incluso un día como hoy, alejado de cualquier festivo o vacaciones, los peregrinos son legión. Nada que ver con aquella aventura del 92 donde algunos albergues eran literalmente cuadras y donde dormíamos literalmente tirados en el suelo. Los tiempos han cambiado.

Cada peregrino es un mundo. La mayoría son sofisticados, con grandes mochilas, hermosos trajes bien preparados para las inclemencias y unas poderosas botas. Esas grandes mochilas harán que muchos no aguanten los tres primeros días. Muchos abandonarán en la primera semana por cualquier motivo. Vienen cargados de mapas, de coordenadas que han preparado durante meses. Pero muchos renunciarán. A veces el Camino nos vence.

Mi preparación empieza hoy. Traje una pequeña mochila donde metí lo justo. Mi calzado está roído por el tiempo y tiene alguna grieta que no sé si aguantará la marcha. La gente me ve y desconfía porque no vengo tan preparado como ellos, y no traigo ningún mapa ni ninguna gran mochila. Solo una sonrisa acomodada a las circunstancia. Quizás piensen que vengo a pasar el fin de semana o a dar un paseo. Pero la experiencia me dice que no lleve mapas, ni grandes mochilas, ni nada preparado. El Camino nos prepara, y debemos estar abiertos a sus sorpresas, ligeros de equipaje para fluir por sus sendas. Es un gran ejemplo de la vida. ¿Para qué cargarnos de cosas, de “mapas” sobre las cosas que debemos hacer en el futuro, de sofisticadas botas y trajes que luego se quedarán en el camino, o aún peor, nos impedirán seguir por él? Mejor tomarse la vida como un paseo, como un lento peregrinar hacia las profundidades del misterio. Sin prisas, sin cargas, livianos para que podamos disfrutar de cada instante e improvisar cualquier desvío.

Roncesvalles ya no es lo que era antes. Seguramente tampoco lo es el Camino. Pero quizás solo sea apariencia. En lo profundo, todo sigue igual, porque los peregrinos siempre andamos por sus sendas. Mañana empieza la aventura. Buen camino a todos. Buen peregrinar por la vida.

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4 respuestas a “Desde Roncesvalles

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