Donde ponga mi sombrero, esa es mi casa…


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Salí del zulito escuchando desde la oscuridad de sus cuatro paredes música clásica. Llevaba además algunos días escuchando siempre las mismas piezas, tonos suaves que podían acompañar a la sintonía de la nueva primavera. Desde allí contemplaba poesía, mucha poesía. Y montes y sierras y montañas. Esas eran mis coordenadas antes de marcharme.

Cuando hemos llegado aquí, tanto en el palacio como en los restaurantes donde comíamos escuchábamos las mismas piezas de música clásica que en el zulito. Era como si de repente hubiera cambiado el escenario, pero la esencia siguiera siendo la misma. Me acordaba de los otros palacios en los que alguna vez viví. Grandes salas cargadas de lujo y detalles fantasiosos. Este palacio que alguna vez perteneció a la princesa Victoria está cargado de luz, mucha luz. Eso me llena de gozo, de mucho gozo.

Cuando hoy caminábamos entre montañas al fondo y un maravilloso cielo azul, encontramos un lugar curioso donde entramos para curiosear entre sus cientos de cosas aún más curiosas. Encontré una vieja edición de “Cuentos de Ise”, del japonés Ariwara No Narihira, un poemario del siglo nueve, quizás uno de los documentos más antiguos que se conservan en el país nipón. Leía sus versos mientras miraba por la ventana y veía las montañas y escuchaba la música. Nada había cambiado, pero todo había cambiado. Era como despertar a la vida en una sintonía diferente. ¿Despertar a la vida? ¿Cómo se despierta a la vida? Me preguntaba. Mi compañera de viaje llenaba los momentos de enseñanzas, de experiencias que rozaban lo mágico, de maravillosas historias que iban rememorando en el mundo de las sincronías. Me daba cuenta que uno podía vivir en una cueva oscura o en un palacio maravilloso y lleno de luz. Realmente no importa el escenario si somos capaces de renacer a la vida.

Admito que la primavera ayuda a este tipo de reflexiones. También este lugar. La buena compañía, la visible y la invisible que vuela mágica entre poesías y promesas sentidas. Los universos que se entretejen entre historia e historia, relato a relato. La misma experiencia de encerrarnos en este lugar para crear un libro con sugerente título y que estoy seguro que despertará la curiosidad de miles de personas, como ya pasó con el primero.

¿Despertar a la vida? Decía mi compañera de viajes y aventuras, con ese amor incondicional que le caracteriza, que guarda en el recuerdo una canción hermosa que en su estribillo dice así: “donde ponga mi sombrero, esa es mi casa”… Hoy me sentía precisamente así. Como si hubiera colgado mi sombrero en este palacio, y escuchando mi música clásica y releyendo a poetas muertos y vivos nada hubiera cambiado, excepto ese anhelo palpitante y deseo ardiente de despertar a la vida.

 

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