Monarquía sí, república también


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Monarquía sí, porque antropológicamente no deja de ser un hecho social y cultural  increíble. Por eso monarquía sí, pero en los museos, o en las anécdotas de la historia de España, donde se cuente en los libros de texto como una dinastía extranjera, la borbónica, se instaló en nuestro país, y de cómo volvió de manos de un dictador que se saltó la “legalidad” dinástica, poniendo al hijo, y no al padre, en el trono. O poniendo a una familia, y no a la otra. Porque habría aquí que discutir si la tradición se cumplió, o se pasó por alto (véase la legitimidad según los carlistas, que defienden la legalidad tradicional de Carlos María Isidro de Borbón, y no de Isabel II).

Además, desde Felipe V, esta familia extranjera (Bourbon-Anjou ) ha sido la raíz de todos nuestros males pasados y presentes. Véanse las guerras carlistas (hasta tres guerras civiles), o las guerras de sucesión, que hicieron que los catalanes se enfadaran de por vida con los castellanos y viceversa, cuando lo único que se discutía era la implantación de reyes extranjeros, de unos o de otros (la casa francesa de los Bourbon-Anjou o la casa de Austria, con el archiduque Carlos al frente). ¿Por qué entonces seguimos enfadados por ese estúpido incidente monárquico de 1714? ¿Por dos reyes extranjeros? Eso solo puede pasar en España, en la España ignorante y cañí, típica y folclórica, ciega y patética.

Por eso monarquía sí, pero en los museos y en los textos de historia.

Y por eso república también. Porque no creo en la dinastía por designio divino. Al menos no en la terrenal, porque de la espiritual podríamos hablar largo y tendido. En este mundo moderno en el que vivimos resulta un insulto a la inteligencia que existan reyes, pero sobre todo que estos reyes obstenten algún tipo de poder social o político, y que lo hagan en nombre de un Dios, o de un destino, o de un espíritu, o por una sucesión de sangre. Es como si en estos tiempos tuviera tres hijos y sólo uno de ellos, el mayor, heredara toda mi pobre o rica fortuna. ¿Verdad que no pega?

Por eso la sensatez y el sentido común aboga por una república, que tendrá también sus males y paradojas y contradicciones, pero al menos no será un insulto a la razón y sí un intento modesto de aplicar aquello de la igualdad entre los hombres y mueres, es decir, entre iguales, ciudadanos libres y emancipados del absolutismo medieval ya (teóricamente) superado.

No me gusta celebrar el día de la república con esos trasnochados socialistas que defienden, traicionando a sus propios ideales, a la monarquía (véase Psoe). Ni tampoco con esos radicales anclados en el pasado, buscando enemigos donde no los hay o rebuscando entre las cenizas justicias perecederas. Prefiero pensar en la república futura, sensata y de todos, de rojos y azules, de violetas y rosas, de negros y blancos, de hombres y mujeres, de altos y bajos, de feos y guapos. En la república de todos que inevitablemente tendrá que llegar, antes de que los catalanes sigan celebrando una fecha monárquica y una derrota no de ellos, sino de todos los pueblos de España por permitir que reyes extranjeros expoliaran nuestras arcas para financiar guerras europeas a costa de nuestra historia y nuestro presente.

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