Comprendiendo a Anna Karenina


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Hay una sierra dulce en todas las escenas. Una colina donde emprender nuevas vidas. A pesar de que a veces las carencias espirituales de nuestras vidas son difíciles de llenar. Al menos llenarlas con las cosas que creemos nos aportan felicidad. Esa felicidad enlatada, instantánea, que dura lo que dura un instante. A no ser que nuestras sombras mortales se asemejen a la luz de cualquier sabio y sepamos, por madurez y reflexión, disfrutar de cada instante como si fuera el último y de cada gota de vida como si no hubiera más fuente vital que esa.

Así pensaba León Tolstói en su madurez, donde se refugió perdido en la belleza de los campos abrazando la felicidad espiritual de las cosas sencillas. Y así lo demuestra en la profundidad poética de su obra “Anna Karenina”, muy bien adaptada por Joe Wright para la gran pantalla. Hoy de nuevo, en familia espiritual, hemos disfrutado del cine en una tarde mágica de primavera.

Y salíamos reflexivos ante la mirada de Tolstói, ante la ingenua visión del amor puro y el amor de apetito, ante la crítica a una sociedad hipócrita que se defiende de sí misma a base de mentiras y oscuranteces.

Y cuando volvía buscando la luz de este día maravilloso a la oscuridad del zulito me preguntaba donde se halla ese amor puro, ese amor cristalino capaz de atravesarte para siempre. Me acordaba de la estación, del hechizo de la vida y de la muerte que Anna sufre en los raíles y el silbido de los vagones. Silbido muy parecido a ese toque de clarín del alma, que nos atraviesa de la forma más increíble en cualquier descuido, en cualquier tarde de primavera, como si las fuentes de la luz hubieran estado esperando todo el invierno para de repente despertar lo más grande y poético que habita en nosotros.

Y tras el hechizo de tanta magia preparaba las dos maletas para los próximos dos viajes. La primera una maleta formalizada con algunas cosas, pocas, para pasar cuatro días de encierro en un hotel mientras redactamos con una buena amiga un nuevo libro. Será una experiencia interesante, una prueba cargada de sentido común y de invitación a una nueva vida.

La segunda maleta era más bien una mochila pequeña, la más pequeña que he encontrado, donde he metido un saco de dormir pequeño, tres gayumbos, tres camisetas, un cepillo de dientes, un pantalón y poco más, muy poco más. Lo suficiente para sobrevivir al menos treinta días con sus treinta noches en el Camino de Santiago. Así que cuando el jueves termine la aventura literaria emprendo la fantástica e increíble aventura de la vida. Será un peregrinar intenso, muy intenso. Porque habrá mucha poesía y mucha vida. Y sobre todo, un contacto con la naturaleza salvaje del espíritu libre. Dejaré aquí las carencias espirituales y abrazaré, en la vida sencilla, las enseñanzas de los sabios y el camino… Así, me marcho feliz y pleno, solitario, pero con la mágica presencia que ahora me acompaña… Buscando mi propio vagón de tren y mi propia estación, como Anna.

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5 thoughts on “Comprendiendo a Anna Karenina

  1. Hace tantos años que leí Ana Karenina… y hace menos leí otro precioso libro de este magnífico educador, “Historia de un caballo”, genial lo que se puede llegar a transmitir desde una sencillez envolvente y cautivadora desde la más absoluta sensibilidad.

    Llevo años queriendo hacer el Camino de Santiago. Este tampoco podrá ser, quizá el próximo 🙂

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  2. Pues en un alma igual a la tuya. Ahí esta ese amor anhelado y difícil de encontrar para siempre… somos tan distintos,tan imperfectos.

    De alguna forma andaremos el camino “los caminos” a tu lado.

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