To the wonder


 to the wonder

¿Amamos? ¿Lo hacemos? ¿Sentimos amor? Sí, lo pensamos, día y noche, pero, ¿lo sentimos? Al menos adoramos los placeres sencillos como último refugio de almas complejas. Estos días han sido intensos y cargados de placeres sencillos. Alguna mañana en el Encuentro Europeo de Editores, compartiendo inquietudes con colegas que protegen y cultivan la cultura. En alguna presentación de libros apoyando a amigas que son capaces de vender libros editados en más de veinte idiomas, toda una proeza hoy día. O como esta mañana, que terminé con un amigo político que había sido expulsado recientemente del congreso, hablando sobre los procesos constituyentes y el derecho a decidir. Me preguntaba qué otra cosa no puede hacer el ser humano sino decidir constantemente sobre su vida entre esos placeres sencillos.

¿Amamos? ¿Lo hacemos? Quizás podamos amar como amamos los humanos… Pero resulta difícil amar como aman los cielos y las tierras… amar sin esperar nada a cambio, amar como los soles, iluminando sin esperar ser iluminados… amar en silencio, como hacen las estrellas y las luminarias cósmicas o los átomos.

Si la mañana fue taciturna pero intensa tras una noche larga, muy larga, la tarde estuvo cargada de motivos. Fui invitado por un amante de Malick y su poesía junto a su querida esposa y hermana a contemplar la magia de lo sencillo, de lo humano, en los cines Renoir. Ver las obras de Malick es como entrar en trance meditativo, porque sus películas, para entenderlas, hay que contemplarlas como un mantra interior. Por eso queda el regustazo de permeabilizar el sentido de su marcha por imágenes lentas y paisajes interminables como un om expresivo y cálido, que pretende avivar el infinito que nos habita. Y cuando eso ocurre aprendemos un poco más sobre el amor y sobre las maravillas de la vida. Asombrándonos de lo simple y bello de la vida diaria. De lo complejo y la extrañeza de sus misterios cotidianos.

¿Amamos? Fuimos a dar un paseo por el barrio. Le enseñé mi cueva y quedó espantado. Había conocido mis luminosas y cristalinas casas, y resulta difícil entender como un ser que ama la luz y el vuelo libre pueda vivir encerrado en una cueva. Pero amo esta cueva porque es lo que la vida quiere para mí en este instante. La abrazo y la respeto y doy gracias por su acogida y su oscuridad, que me llena de luz interior y sosiego. Doy gracias por hacerme apreciar la sencillez de tomar una copa de helado tras el paseo o coger el teléfono tras la despedida y enlazar un paseo con otro hasta la extenuación y el agotamiento. Con dinero o sin dinero, paseando, contemplando la belleza de una tarde primaveral increíble, cargada de vida y rebosante de amplitud.

¿Amamos? Y luego la poesía. Otra vez plagada de luminarias y momentos y escenas únicas. ¿Qué hacer ante tanta magia constante cuando palpitamos en la constante de un sanyasin? Solo mecer el instante… Mecerlo y aprender a amar en silencio. Como hacen las estrellas. Y seguir adorando los placeres sencillos, porque son nuestro refugio, y nuestra vida. Y seguir maravillosamente asombrados por la vida que nos es dada. ¿Amamos? Amemos, aunque sea de forma humana.

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