Desde la atalaya poética


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Le escribía a una amiga que siempre espero con alegría el “reencuentro” de almas viejas y peregrinas. Desde siempre esas almas me han visitado y hemos pasado muy buenos ratos en aquellos lugares donde he vivido. Incluso en el zulito pueden  quedarse todo el tiempo que quieran. Es un poco oscuro pero está en un barrio luminoso, así que compensa una cosa con la otra, le decía.

Ayer se fueron unos amigos del alma y acaba de presentarse otro, sin avisar, como me gusta, llamando a la puerta y diciendo, aquí estoy, ¿se puede? Claro que se puede… siempre se puede… le decía mientras escuchaba mi querido Greensleeves.

Y fuimos a comer y luego a dar un paseo por librerías. Allí subí las escaleras que separan el mundo de la poesía. Y penetré preñado de entusiasmo y buceé en los versos de mil autores, centrándome en mi uruguayo preferido que esperaba paciente entre odas y promesas y esperanzas y sueños y paradas cardiacas, porque el verso siempre te deja sin aire y te encoge el alma y te preña el corazón, paralizándolo en ese silencio pronunciado e incomprensible.

Por un momento me sentí huérfano. Me veía allí solo, observando el mundo desde la atalaya de la incomprensión, suspirando por esa vida que corre y nos recorre, viendo pasar al otro lado de la calle miles de luminarias, cada una apagada por su propio finito, ignorando la grandeza de su sola presencia ante mi propia añoranza. Había una mujer sentada en la puerta de la librería que nos llamó la atención. La adivinamos rebelde, o en rebeldía. Abría las piernas de forma descarada pero la sutileza de su belleza creaba fantasías para un piano en la mente de cualquier poeta. Quizás por eso subí a la atalaya rememorando algún nocturno soneto, suspirando por esos rincones baldíos.

Hemos decidido ir a los cantos de Taizé esta noche. Será una bonita forma de despedir la semana y una bonita forma de salir de lo convencional. Lo haremos con la emoción encogida por dos buenas noticias que he recibido hoy, recolectadas a base de perseverancia y pasión. El amigo invitado, en el café de media tarde me decía que mi apuesta por la libertad, a pesar del pago de su propio peaje, no tenía precio. Bueno, el precio lo he pagado hoy, mientras leía poesía y recordaba aquella sublime tarde en la que escuché por primera vez el Greensleeves o cuando esta noche nos sumerjamos en las penumbras de Taizé y la campana del pecho golpee con fuerza los abismos que me separan de la promesa. Pero seguimos avanzando. Y abrazando pechos y despertando en el otro el suspiro y el anhelo necesario. Prender luminarias mientras leemos poesía es una de las grandezas de este universo pletórico y lleno. Nada nos separa en la conexión infinita, y ahora que renazco pobre pero inmenso, me aferro a al palpitar.

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5 thoughts on “Desde la atalaya poética

  1. Ha sido muy curiosa la lectura de esta entrada.

    Primero he leído la última que has escrito hoy “Desde la compleja solitud” para seguir con otra entrada anterior “Desde la atalaya poética” y después de esta lectura me ha invadido una extraña sensación. Ha sido el saber, de forma rotunda y por un segundo, la corta distancia que existe entre una soledad y un acompañamiento, entre el querer cambiar algo que ya ha sucedido y el no poder. A no ser que sea desde un escrito porque la realidad imperante del presente es mucho más aplastante de lo que quizá nos gustaría.
    Qué tiempo ha transcurrido entre tu compleja solitud y tu estar y sentirte arropado por esos amigos, esa camarera o esos compañeros de rezos.

    Creo que me he explicado fatal, pero sé lo que he sentido y sé que muchas otras personas lo sienten.

    Madre mía cuánto más escribo más crece la sensación de estar liándome jejeje, es que en ocasiones todo es tan extraño.

    😉

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    • Precisamente esa es la sensación: de absoluta extrañeza. Estar arropado por el amor y el cariño de los amigos, y de repente una profunda sensación, ante su ausencia, de soledad infinita… es como si dieras un paso hacia adelante y solo hubiera vacío donde antes había tierra firme… Muy extraño, así lo siento en estos momentos… Así que estamos los dos liados… 🙂

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      • No te quieres lo suficiente Javier. Hay que aprender a quererse mucho, y a bailar contigo solo, porque si lo haces podras tener siempre la alegría y pocas veces, cada vez menos sentiras los vacíos de ausencias. Porque te tienés a ti, y con ello a todo el Universo…

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