El espectacular brillo de la mañana


brillo

Mientras escucho el O mio Babbino Caro de Puccini recuerdo que en Escocia empezó todo. Lo recuerdo ahora que el silencio se ha instalado de nuevo. Ahora que los amigos partieron a sus lugares y todo parece que volvió a la calma y la soledad. Recuerdo tantas cosas que parece como si esta noche fuera un náufrago veneciano, navegando en una de esas góndolas mientras respiro al sol mío, y miro de reojo como los dioses se empeñan en guiarnos hacia la deriva.

No me importa, el Danubio también espera y seguro que desde sus aguas seré capaz de escuchar la Pastoral. La soledad y sus llamas. Uno termina acostumbrándose a todo. Incluso a esta intimidad compartida que desde hace años unos y otros husmean, comparten o callan, como si se tratara de un secreto que ahora se vuelve más secreto, porque ya no hay rostro, ya no hay personaje, solo la sombra de aquella luz que alguna vez nació a lo milagroso.

Por eso recordaba Escocia, y miraba algún vuelo para cerrar allí esta etapa dulce y melancólica donde lo sublime se entremezcla con lo cotidiano. Allí se quebró algo y empezó algo. Allí me remangué las manos verdaderas y me puse al trabajo verdadero. Desnudé el alma y pude, piel en mano, sabotear todo aquello que me apartara del camino. Sin miedo a perderlo todo, que fue lo que precisamente ocurrió. Sin miedo a ganarlo todo, que fue lo que posteriormente también ocurrió. Porque toda pérdida lleva consigo una ganancia. Perdemos un mundo pero ganamos un reino. Perdemos un reino y ganamos un universo entero. Y la vida. Porque la vida siempre se gana, incluso cuando se pierde. Como si fuera un pequeño minuet, plagado de pianos, de trompetas o de violines que descargan entre vacíos todo un estallido de armónicos.

Hoy me siento mecido por una extraña ola. Los que hemos nacido junto al mar tenemos dentro una especie de sensibilidad hacia el balanceo. Como si deslizaras una tabla encima de mil olas y cerrando los ojos te dejaras llevar por ese oscilar interminable. Es como sentirse acunado por el espacio infinito, alborotado sólo por la plácida somnolencia del infortunio. Y mañana el nuevo día, con o sin tabla, con o sin mar, pero con ese balanceo constante.

No sé, tengo la sensación de que ya no hay más que abrir el corazón a la primavera y dejar que la profunda sutileza de su despertar sea capaz de arrastrarnos de nuevo a la vida. Puedo escuchar sus flautas palpitar, su fuerza inminente, su intensa presencia. Como si fuéramos paseando por un campo infinito de flores y a lo lejos viéramos una cabaña de madera y acercándose por el camino una pastora con un cesto plagado de mieles y orquídeas, amapolas y tomillo. Un espectáculo para el alma sensible, una milagrosa oportunidad para sentir dentro de nosotros el rumor de la vida. Ya veo la pastorcilla, cargada de amuletos y descansando junto a las fuentes para refrescar el aliento mientras escucha el suave canto de los pajarillos. Ya escucho las flautas de nuevo… Y al fondo, el ganado pastando plácido, contemplando la escena ajenos al espectacular brillo de la mañana.

Pd. escrita a un amigo:

“Me siento tan ajeno a todo, tan plácidamente ajeno. Sólo deseo dejarme llevar por esta hermosa deriva. Como si el tartamudeo de las olas pudiera despejar cualquier atisbo de duda. Ya no tengo prisa por nada, ni siquiera por conocer a la bella dama. Que quizás solo exista en mi mente y mis poemas, en mis noches de soledad y en la melancólica llama que mantiene todas las primaveras. No es promesa tardía desesperar. Qué importa si todo cuanto ocurre solo pasa dentro de nosotros. Ese quehacer también es bello, y merecedor. En fin, espero que que puedas mecer tu alma en la plácida noche”.

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