El secreto que nos hermana


la foto

Las fuerzas que nutren nuestras vidas presentan formas y tamaños capaces de transformar nuestras percepciones. Imaginad ayer a dos anarquistas convencidos comiendo en el centro Hare Krishna que hay a cuatro minutos de casa. Miraba la escena y el surrealismo era tal que parecía una de esas fantasías imposibles. En estos días se han mezclado esas escenas. Como ayer cuando cenábamos en casa los cuatro amigos, dos de extrema izquierda, uno de extrema derecha, unos criticando los toros y otros defendiéndolos.

Hoy por la mañana conocíamos fugazmente a M., un hermoso ángel tan volátil que parecía volar. Creo en los ángeles así que pude ver como desplegaba sus alas invisibles. Pude ver su corona dorada sobre su cabeza, su luz radiando como esfera celeste. Su profunda mirada angelical, plagada de tierna compasión.

Por la tarde pasábamos un rato en casa de E., mi primera novia, amiga también de mis amigos desde hace ya tantos años. E. vive en la misma calle donde vivía mi última novia. Esas cosas extrañas de la vida. Y horas antes habíamos pasado un rato en casa de S., donde fuimos a llevarle una lata de aceite ecológico que me pidió en mi último viaje a Andalucía. S. vive en la que había sido mi última casa con mi última novia. Así que hoy fue como una especie de via crucis surrealista entre los recuerdos y los planos angélicos, porque S. también es una traviesa y luminosa habitante de los planos celestes.

Y por la noche terminamos en un restaurante chino del barrio de Moratalaz. Allí hablamos de la vida, de Camus, de Sartre, de Balzac, de la Odisea, de relaciones, de trabajo, de futuro y de pasado, de monasterios, de aquellas mujeres que nos amaron y de aquellas otras que nos odiaron, de aquellas mujeres a las que amamos y a las que aún seguimos amando, porque ya no queda rencor ni nunca hubo odio, sólo quizás torpeza y descuido. Siempre añoranza, especialmente cuando nos mirábamos y nos dábamos cuenta de que a nuestros cuarenta años, cada uno en su particular circunstancia, seguíamos interior o exteriormente solos.

Como digo, todo cargado de un surrealismo mágico, pero sobre todo, de un lazo de hermandad hermoso, renovado, indestructible. A nuestra edad aprendimos a aceptarnos y respetarnos con nuestras increíbles diferencias. A amarnos como somos, porque ese es uno de los secretos del amor, el amar y respetar al otro tal y como es, sin intentar añadir nada, ni quitar nada. Sabemos de nuestras virtudes y de nuestros defectos, y por lo tanto, nos amamos así, sin más. Treinta años después hemos comprendido que ese es nuestro secreto. Y que eso nos hermana.

(Foto: Ayer comíamos sentados en el suelo del centro Hare Krishna que tenemos en Malasaña. Fue de las primeras cosas que descubrí en mis primeras escapadas a Madrid de la mano de B. Nada cambió desde entonces. Todo sigue igual).

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