Explorando a Anitya, la impermanencia


impermanencia 

El Regreso: ¿Cómo se vuelve de la impermanencia? ¿Cómo se regresa del espacio infinito? Acabo de llegar pero aún no he llegado. Veo el zulito y ahí están las mismas cosas. Sin embargo, algo ha cambiado. Las paredes parecen más anchas. La luz parece más generosa. Puedo respirar el incienso aún estando apagado. Puedo atravesar la cortina que separa el mundo de los mundos. Las fuerzas contrarias del sueño nocturno parecen haber hundido en la incerteza el sendero de la incertidumbre. Impermanencia. En las zonas más altas, en los reinos de la calma, todo cambia. Escapando de la infalibilidad. Gozo. Plenitud en el respirar. Todo cambia. Todo se transforma. Todo muta. Lejos de todas las leyes, el tiempo que queda ya no importa. Me alejo de todos los ciclos mientras regreso. Acabo de llegar pero aún no he llegado. Parte de mí no está aquí. Parte de mí sigue allí, en la impermanencia, en anitya. Cuando me marché era invierno. Hoy es primavera. Anitya. Todo cambia.

El Viaje: El destino quiso que JL se apuntara al retiro por invisibles lazos alejados de los míos. También quiso el destino que viniera con él J., un increíble argentino de origen judío-alemán que además de ser un buen comunicador y amante del futbol y de su Dios Maradona, tenía un mundo increíble que mostrar. Las fuerzas del universo hicieron el resto. Sin ellos el largo viaje a la impermanencia no hubiera sido el mismo. Así que su complicidad silenciosa, el viaje de ida y vuelta, hizo que el espacio interestelar explorado fuera mucho más creíble.

El Lugar: Llegamos al Valle del Tiétar puntuales. A la ladera sur de la Sierra de Gredos, en un espectacular paraje de indescriptible belleza, muy cerca de la población de Candeleda. Al fondo se veía el Almanzor totalmente nevado. A un lado rodeados de increíbles parajes montañosos plagados de bosques de robledos y castaños, de ríos que se podían escuchar chapoteando en su descenso. De pajarillos increíbles y ganado bravo que pastaba en sus laderas verdes. Al otro lado, el valle. El inmenso valle que anunciaba la primavera incipiente y la próxima luna llena. Lluvia, mucha lluvia. Diez días de lluvia intensa, sin parar, sin tregua. Niebla en el amanecer, nubes que corrían, charcos de agua, olores, naturaleza en estado puro.

El Retiro: Más de cien personas de las cuales una docena no aguantaron los primeros tres días. Los peores. Te levantas a las cuatro de la madrugada y empieza un largo peregrinar de meditación profunda que dura doce horas sentado en el suelo en la posición de loto. Un ligero desayuno a las seis y una ligera comida a las once de la mañana forman parte del descanso entre sesión y sesión. A partir de las doce, no se puede comer, excepto una pieza de fruta a las seis de la tarde para los alumnos nuevos. Total y absoluto silencio durante todo el día hasta más allá de las nueve de la noche. Total y absoluta desconexión con el mundo exterior durante diez días. El pulso se calma y la sombra de la luz se manifiesta poco a poco. Cada hora es interminable. Cada minuto es interminable. Cada segundo es una hora. En la posición de loto empiezan a manifestarse a partir de la segunda hora una infinitud de dolores por todo el cuerpo, especialmente por la espalda y las rodillas quebradas. Y es ahí donde empieza el verdadero trabajo. El trabajo de la impermanencia, el trabajo de saber que lo único que permanece es el cambio. De saber que incluso el dolor más profundo y el sufrimiento más agudo no permanecen. Todo cambia. Todo cambia. Todo cambia.

Dhamma: Cuando penetramos el sendero del Noble Silencio, algo se reemplaza de forma profunda. Necesariamente todo cambia, pero ver los cambios desde la consciencia y desde el silencio hace de los mismos algo diferente. La técnica Vipassana es sencilla. Muy sencilla. Consiste en hacer una auténtica cirugía mental a base de observación y concentración. Pero en su sencillez estriba su dificultad. Una astuta trampa que puede atraparte en los sentimientos ocultos, en los pensamientos enterrados, en los anhelos de las noches blancas. Nos convertimos de repente en nómadas. Los rostros se difuminan, las formas desaparecen. Los ángulos de la vida se transforman. Las nieblas y los tumultos desaparecen. Los claros y oscuros dejan de existir. Dejan de existir caminos. Dejan de existir crepúsculos. Solo impermanencia. Sin dualidad, sin vacío, sin lamentos.

Anitya: Ya no hay ataduras. El ego se difumina. El Noble Silencio obra el milagro. La cirugía mental es dolorosa pero productiva en los bajos fondos de la inmensidad. Te conviertes en un forastero de dimensiones insondables. Te conviertes en parte de la transcendencia, en parte del proyecto inacabado de la infinitud. Al no existir ego no existe deseo ni anhelo, solo Anitya, solo unidad con todo, solo cambio, solo la indescriptible experiencia de la impermanencia.

El Regreso: Era invierno cuando me marché. Hoy es primavera. Todo cambia. Todo cambia. Todo cambia.

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5 thoughts on “Explorando a Anitya, la impermanencia

  1. Bienvenido Javier, me alegra tu regreso y me alegra por ti tus sensaciones recibidas.
    Lo describes como un ayuno, de esos largos, prolongados, que si consigues pasar del tercer día has conseguido vencer, sobre todo vencerte. Esos ayunos de cuarenta días que como Jesús, los haces porque sí, porque sientes y percibes que allí en esa pausa seras capaz de volverte a reencontrar contigo, con lo que de verdad merece la pena la vida, el vivir, el navegar por tempestades y resurgir a la vida tantas veces como haga falta.
    En mi espacio habita el silencio, hay miles de silencios, no hay conexión alguna con la vida exterior, aquí las horas no son interminables, las horas son un gozo de existencia, de saber que
    todo, absolutamente todo tiene un porque.
    Besitos amigo.

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