La Melancolía del Viaje


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Cuando salí del curso sentí la llamada de la selva. Ese peculiar sentido de supervivencia psicológica que me empuja a destripar cualquier camino con tal de coger distancia de los últimos acontecimientos. Tras el iniciático viaje a Montsegur, habían pasado muchas cosas en el orbe interior. Sin duda, había un antes y un después que aún no he tenido tiempo de madurar. La digestión se hace lenta, muy lenta, pero provechosa, muy provechosa. Lástima que tanto cambio interior haya producido un exceso de terremotos exteriores. Y lástima que por el camino haya perdido cosas. Tanto tiempo esperando el reencuentro en las pagodas reminiscentes que cuando ocurre, se realiza con tanta virulencia que todos terminan huyendo.

A las ocho Laura me ayudaba a cargar algunas cajas. Le di instrucciones para los próximos días y la dejé al timón del barco senequista. Metí un par de cosas en la mochila y desfilé la nave dirección Mediodía.

Pasada la medianoche llegaba a la Montaña de los Ángeles. Antes de meterte por las carreteras secundarias hay que pasar por un lugar, un antiguo palacio rehabilitado que siempre me ha producido escalofrío. Nunca he podido racionalizar el motivo, pero esta noche, cuando pasaba y giraba hasta introducirme en las inhóspitas carreteras secundarias, volvía a sentir lo mismo.

El pueblo parecía increíble cubierto por la niebla y con esos farolillos de tímida luz dorada. Había llovido y estaba todo deslumbrante. Cuando llegué al refugio familiar me encantó poder oler a esa humedad propia de los bosques, olfatear el olor a muebles rústicos mezclados con las fragancias que aún expulsan los miles de libros que aún almacenó en todas las habitaciones.

El viaje ha sido tranquilo. No suelo poner música ni la radio. Son cuatro o cinco horas de absoluto silencio, de absoluta meditación. El ruido de las ruedas golpeando el asfalto es como una especie de mantra que adormece los instintos pero que despierta la intuición. Necesitaba alejarme del personaje de los últimos días. Un ser egoísta y abstraído en la complacencia del sabotaje autocumplido. En la distancia me daba un poco de pena completar la escena de los últimos días. Tenía tiempo para recomponer mentalmente las estupideces y los errores cometidos. Tenía tiempo para perdonarme y encauzar interiormente la situación. Tenía tiempo para apretar fuerte el lazo místico y solicitar disculpas por las torpezas a los seres que por algún motivo he molestado. En el silencio de la noche no había palabrería, ni excusas, ni tormentos. Solo noche, y silencio.

Cuando faltaba poco para llegar recordé la leyenda de los hijos de los elohims y de cómo se enamoraron de las hijas de los humanos. Pensaba en ello cuando sentí la presencia fantasmal de la que hablaba. Giré a la derecha y aceleré un poco. Al fondo podía ver las luces del pueblo y la Montaña. Recordé a sus ángeles. Recordé el porqué hace unos años había venido hasta aquí para crear una utopía y recordé como ahora había caído, como los hijos de los elohims, en la oscura cueva. Pronto hará tres meses desde que decidí entrar voluntariamente a ese encierro. Y noto que aún es muy pronto para salir del mismo.

Pasaré la mañana en la Montaña ordenando algunas cosas y mañana de nuevo camino hasta Málaga, donde pasaré unos días. Mañana más distancia, más orden, más silencio.

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