El nacionalismo ante la filosofía Oriental


barquero 

“Verdaderamente, debido a este egoísmo insaciable, condicionado por este egoísmo insaciable, impelido por este egoísmo insaciable, enteramente movido por este egoísmo insaciable, reyes luchan contra reyes, príncipes contra príncipes, sacerdotes contra sacerdotes, vecinos contra vecinos, la madre disputa con el hijo, el hijo con la madre, el padre con el hijo, el hijo con el padre, el hermano disputa con el hermano, el hermano con la hermana, la hermana con el hermano, el amigo con el amigo. De esta manera, debido a esta discordia, disputando y luchando, se echan unos sobre los otros con puñetazos, palos o armas. Y aquí y allá sufren muerte o dolor mortal”. Buda.

Según leía hoy en las palabras del venerable Saddhatissa, el punto central de la doctrina budista es que no hay algo que no dependa de alguna otra cosa. Nada puede surgir por su propio acuerdo, independientemente. Ponía el ejemplo de la lámpara que permanece ardiendo a causa de la mecha y ésta a su vez depende del oxígeno, la temperatura, etc. Igualmente la mecha es el resultado de hilos de algodón entrelazados, y el oxigeno es una combinación de elementos. Todo lo que existe en la creación forma parte de lazos e interdependencias que no pueden anularse, ignorarse o rechazar.

Las personas que se conocen entre sí y que se relacionan forman parte de una red invisible tejida en lo que los ilustrados llamaban la unidad psíquica de la humanidad. No podemos aislarnos los unos de los otros, ni negar al otro, porque al hacerlo, sería como negarnos a nosotros mismos. La negación del otro forma parte de ese lado oscuro de nosotros mismos que no queremos aceptar o no queremos transcender. Cuando vemos en el otro algo que no nos gusta realmente estamos proyectando algo de nosotros mismos que nos molesta. El otro, realmente, nos sirve como espejo y maestro para adivinar nuestras zonas erróneas. Por eso cuando lo rechazamos, nos estamos rechazando a nosotros mismos.

Ocurre lo mismo con las naciones y los pueblos. Un pueblo no puede conquistar a otro, pero tampoco puede negarlo. Todo tiene un origen dependiente. Todo ocurre porque depende de alguna otra causa. Por lo tanto, hablar de independencia es utilizar un término inexacto. Al igual que lo es hablar de emancipación de los pueblos, porque los mismos nacen siempre libres y se rigen por leyes que los propios pueblos han creado para organizar sus fuerzas y deseos. El pacto en el cambio de esas leyes debe ser consensuado por todos sus integrantes, y siempre desde la inteligencia que respeta las propias leyes naturales de la interdependencia. Nadie puede vivir aislado de nadie, y ningún pueblo podría sobrevivir aislado de sí mismo.

El pensamiento ilustrado siempre ha pretendido mitigar las diferencias alabando todo aquello que nos une como ideal mayor de convivencia. Ese ideal mayor debería permitir la expresión libre de cada sujeto, pero también la aceptación libre del destino común como humanidad Una. Sólo sintiéndonos parte de esa humanidad nos alejaremos de los egoísmos patrios o nacionales y superaremos la crisis de identidad en la que estamos sumidos.

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