Más allá del umbral material


 primavera

La libertad es esencial para el amor; no la libertad de la revuelta, no la libertad de hacer lo que nos plazca ni de ceder abierta o secretamente a nuestras apentencias, sino más bien la libertad que adviene con la comprensión”. Jiddu Krishnamurti

La materia es divisible. Pero no del modo en el que imaginamos la división de las cosas. Sería mas correcto decir que la materia es gradual, se aplica en la existencia como capas de cebolla con cualidades y formas diferentes.

Una de esas cualidades es lo que vagamente llamamos materia en sí para describir aquello que podemos tocar, pesar y medir. Mi dedo meñique es materia. Me sirve para pulsar el teclado y aplicar pensamientos negro sobre blanco.

Pero ese dedo está movido por una pulsión vital. Está recorrido por vida, que sería otra capa más de la cebolla. La vida es energía a la que se le añade un impulso. Ese impulso que la dota de movimiento es la emoción.

Las emociones es la tercera capa de cebolla. Las emociones nos sirven para movernos, para precipitarnos en la realidad. Una persona carente de emociones vive excluida de la realidad. Mantiene una rutina de por vida, sin grandes cambios existenciales.

Hay una capa que envuelve todo eso y a la que llamamos mente. La mente dirige a la emoción, a la vida y a la materia. Es la que ordena la realidad, la pone en duda y la cuestiona. Busca el mejor atajo, el mejor recorrido. Pero una persona encerrada en esa capa, dominada por la construcción de un exceso de materia mental vive igualmente atormentada e inmóvil, paralizada en una dialéctica destructiva y limitada.

Hay una capa mayor, quizás más compleja, que llamamos consciencia. La consciencia nos guía, nos seduce hacia el camino que deberíamos tomar no para ir de un punto A a un punto B en línea recta, sino que nos indica nuestro norte interior aunque para llegar a él debamos atravesar mil laberintos indescriptibles.

Los peligros de dividir así las capas de cebolla es que muchas veces vivimos anclados en una de ellas. Hay personas que vivimos única y exclusivamente para mantener la materia, preocupadas en las modas, en la decoración de la casa, en la comida, olvidando otros aspectos como la energía de las cosas, las emociones, los pensamientos o la consciencia. A veces no siempre de forma positiva, sino más bien autodestructiva, ya que nos centramos en los aspectos materiales que paradójicamente llamamos placeres pero que no hacen más que apoyar la teoría de la autoliquidación (drogas, alcohol, exceso de comida, tabaco, etc…)

A veces estamos excesivamente centrados en la energía, y nos pasamos todo el día haciendo posturas o asanas, respirando bien, comiendo bien, haciendo ejercicio y manteniendo una férrea disciplina física y vital. Los yonquis de la adrenalina vivimos por y para estimular nuestro campo energético.

Otros pasamos toda la vida con dependencias emocionales, como norias sensibleras que se dejan seducir por cualquier estímulo, mareándonos constantemente entre emociones vivas pero ciegas que nos hacen perder tiempo y esfuerzos con tal de satisfacer sus anhelos a veces irreales y fantasiosos. Nos convertimos en yonquis emocionales, en auténticos parásitos o en su contraparte, auténticos vampiros energéticos que viven por y para las emociones.

Luego están los que nos pasamos todo el día anclados en el plano mental, viendo en la crítica y la división y en la autocomplacencia racional nuestro campo de batalla. Creamos una bestia a base de datos, formación e información a la que llamamos ego, pero es un ego que siempre vemos en los demás y nunca en nosotros, porque uno de los espejismos del plano mental es precisamente ese, ver en el otro lo malo y no en nosotros. El mito de Narciso nos habla de esa soledad a la que el ego se ve sumido por no ser capaz de ver en el otro un ser hermoso. Soledad, sensación de anormalidad y sed vanidosa acompañado de grandes dosis de orgullo espiritual. Mis pensamientos son los correctos y el resto del mundo está equivocado. La cerrazón mental es tan peligrosa como la cerrazón emocional.

La capacidad de consciencia o autoconsciencia también puede resultar peligrosa si nace aislada, producto más de una racionalidad fría y desconectada de las emociones. Por eso a veces la consciencia es dividida en tres esencias principales, siendo la más armónica aquella que profundiza en la unión completa de la triada. Voluntad, amor y sabiduría serían los valores o aspectos que podrían vagamente describir esos tres estadios. Pero ninguno puede ir por separado, sino que los tres deben existir unidos para crear la más completa consciencia. ¿En qué aspecto de estos umbrales de la materia estamos centrados? ¿Cuales tenemos descuidados? ¿Donde tenemos nuestra consciencia, o falta de la misma, anclada?

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