Camina plácidamente entre el ruido y las prisas


 la foto

Esta mañana amaneció claro pero el día fue tiñéndose de nubes que venían del norte. Temprano me ponía el traje, cualquier traje, evitando el traje “tweed” o el “blazer”, sin prestar demasiada atención a las modas que imperan y dictan si el traje de ahora debe llevar dos, tres o cuatro botones y sin fijarme demasiado en si la corbata hacía juego con la camisa galesa. Lo importante es que fuera de lana, porque hoy en Madrid y en sus despachos hacía frío. Me dejé deslizar suave por las calles, intentando no perderme detalle de la agitación mañanera de la gran ciudad. Ayer, que era un día de silencio para celebrar la luna llena en piscis, vacié la impotencia de estos días en un exceso y acalorado ruido. Entre el ruido y las prisas, a veces resulta difícil caminar plácidamente.

En el conocido bufete de abogados del barrio de Salamanca nos esperaban los consultores que nos darían un mapa detallado de cómo está el mercado. Uno siempre se asombra de todo lo que puede llegar a aprender en un par de horas de reunión. Cuando nos sirvieron el café hicimos broma sobre la costumbre que aún pervive en algunas empresas, guardando, a pesar de la crisis, ese tipo de detalles y ceremonias en las reuniones. Hay algunas que han tenido que prescindir hasta de ese mínimo protocolo. Este bufete, con más de dos mil abogados a su servicio, aún se podía permitir dichas atenciones. Así que hubo café para todos.

Vimos que el sector barajaba bastantes miles de millones y contemplamos la posibilidad de que, a pesar de la crisis, el “activo” en cuestión pudiera tener algún hueco o atractivo en “futuros”. También vimos con asombro como la humanidad crea mundos y submundos dentro del mundo aparentemente conocido y de lo difícil que resulta hacerse eco de los mismos si no es porque entras por alguna de esas puertas secretas o laterales donde sólo algunos iniciados en la materia pueden penetrar. Nosotros, neófitos y recipiendarios en el sector, atendíamos con cierta diligencia. Todo es aprendizaje, de unos, de otros y de los del más allá. Y todo es asombro si se mira con esa visión ingenua de querer saber más y más para luego poder compartir más y más.

Ayer, en el curso sobre tecnologías del futuro en el mundo editorial que he empezado por necesidad empresarial y de pura supervivencia futura aprendí algo que me llamó la atención. El profesor citaba mucho a Platón y eso hacía que interpretara sus mensajes mezclados entre píxeles y filosofía. Hubo un momento en el que dijo con cierto tono de misterio en sus palabras algo interesante: “nuestras pantallas emiten luz”. Se refería aparentemente a las pantallas de ordenadores, televisores, teléfonos… Pero había algo más. “Nuestras pantallas emiten luz”. Me quedé pensando toda la tarde en ese detalle, que por insignificante y desapercibido, podría dar algunas claves sobre el mundo que viene, el interior y el exterior.

Ayer era luz, en el bufete era aire y mañana, en otro viaje de negocios a Málaga donde intentaré fusionar algunos proyectos con una editorial de marcada trayectoria, crearé tierra. El agua lo dejaremos para otro momento, porque las emociones de estas semanas han galopado por libre a cuotas inesperadas. En fin, me quito el traje y me pongo al tajo. Hay mucho que hacer aquí abajo, pero sobre todo, aquí adentro. Pensaré que las pantallas han sido diseñadas a nuestra imagen y semejanza. y si ellas son capaces de emitir luz, ¿de qué no seremos capaces nosotros? Ojalá que de luz, más luz.

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