No hay caballero sin espada, ni dama sin esmeralda


Montsegur

Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca, debes rogar que el viaje sea largo, lleno de peripecias, lleno de experiencias”. Konstantínos Kaváfis. ÍTACA.

Quiso la naturaleza de nuestro mundo dotarnos de dualidad. Por eso el día no podía existir sin la noche y la oscuridad sin su luz. Y el ser humano, de igual forma dual, fue dotado de espada y esmeralda para cumplir con el propósito de la conquista de la Unidad primordial. Ambos, cogidos de la mano, circundan la existencia vida tras vida para reencontrarse en las cumbres de la fusión mística, lugar donde ya no serán dos sino Uno. Por eso el camino es dual, y la soledad solo su llama ilusoria en la ascensión. Cuando el ego lo comprende, busca a su “otro yo”, a su gemela alma, compartiendo justos el descenso al valle del compartir y la compasión. 

La dama y el caballero llegaron hasta las puertas del lugar justo al mediodía en punto. La tempestad arreciaba y la caballería dudaba si seguir la marcha hasta el castillo de Montsegur o volver a un lugar seguro donde refugiarse, abandonando con ello “la llamada” y convirtiendo, como Dafne, sus raíces en laurel. Todo el Languedoc y toda Europa estaban anegadas por los peligros de la nevada. 

Hubo momentos de auténtica tensión pues el vendaval parecía querer terminar con la paz de aquellas montañas y valles, llenando de viento y nieve todos los caminos. Tras un buen rato de duda en la cámara de reflexión, pensando en volver a un lugar “seguro”, decidieron, valientes, seguir la marcha hasta el destino, el propósito, la “llama-da”, haciendo el recorrido sin “cadenas”, juntos pero libres, como esas dos gaviotas que vuelan en un mar de cielos.

Despacio, la experimentada caballería resbalaba en el firme descubriendo entre barrancos y obstáculos la fortaleza de la decisión. Anduvieron lentos pero decisivos hacia delante, sin mirar atrás bajo la venda presente, cogidos de la mano del valor y la esperanza. No había miedo ni temor que les parara, hasta que por fin, tras peligros y aventuras, llegaron a la tierra prometida.

Hubo un momento de silencio. Breve, inmediato, necesario mientras la nieve caía sosegada en sus rostros. Un momento necesario para contemplar en el plano arquetípico los lazos, los nudos, los nodos, las esencias, la naturaleza primordial de esa reminiscencia, el tesoro oculto. Bastó un segundo para cerrar el círculo del eterno retorno.

No hacía falta nada más. Allí estaba el castillo y el Prat dels Cremats, la memoria de los Perfectos y Perfectas y el recuerdo de aquella historia aparentemente incompresible. En el mundo de las formas sólo fue un segundo. En el mundo arquetípico fueron mil años de historia y mil lazos que resolver en el corazón del laberinto. Ariadna, la más pura, les había guiado y el Minotauro y sus cíclopes habían sido vencidos. Y allí estaba todo condensado, con la espada y la esmeralda como únicos testigos, junto al Liber Mutis y la Providencia expectantes.

Todo viaje iniciático tiene sus pruebas. La prueba de la tierra, del agua, del aire y del fuego. La primera prueba fue superada en el encuentro con el viaje y la decisión del mismo, partiendo desde Barcelona hasta la ciudad de Foix. La tierra sostiene y amalgama la decisión y procura camino y aliento. En los lugares conocidos como Ax-les Thermes y a nueve kilómetros de Montsegur se superaron las pruebas del agua, las emociones que nos alejan del propósito, los miedos que nacen de nuestros propios guardianes del umbral para alejarnos del camino y su transmutación.

En la misteriosa plaza de Rennes-le-Chateau, había una advertencia en la entrada del templo: “Terribilis est locus iste” (este lugar es terrible). Se consiguió vencer sin embargo la prueba del aire, esos pensamientos incoloros que nos confunden y nos arrastran hacia los precipicios de la ignorancia o la ceguera, a veces ofuscándonos en egos y orgullos. Y la del fuego, alumbrando por dos veces la faz del terror que estaba en el portal del templo y alumbrando con la doble llama interior la oscuridad del atanor. Dos llamas fueron encendidas para la posteridad en la mesa del misterio y el sacrificio. Como testigos del mismo, Magdala y la sangre real. El Grial de los tiempos.

Tras la contemplación del monte de Bugarach, situado en el cantón de Couiza, y su inevitable ascensión simbólica, paso iniciático en todo recorrido sagrado pero también ilusorio para el ego que pretende las grandes cumbres, vino el necesario descenso a los valles, previo paso por el camino estrecho. No sin antes provisionarnos junto a la atenta mirada del perro observador y guía de todo loco, porque cuando la razón permanece dormida, sólo el instinto y la intuición saben ser leales a su dueño.

Antes de llegar al valle del compartir, de la compasión y la unión, todo camino pasa inevitablemente por el sendero estrecho y por su paso necesario hacia el otro lado del portal. Como en el nacimiento de cualquier ser antes de abandonar el seno de la madre para reencontrarse con la luz del mundo. Y al otro lado estaba la luz, el nuevo día, el despertar. De repente todo el paisaje cambió y la paz y la alegría por las pruebas superadas nos llevaron hasta buen puerto. Sí, había luz, más luz. Relux. Y cansados tras el viaje pero libres, el caballero, como guarda la tradición, entregó a la dama sus guantes, antes de partir de nuevo a la batalla.

Ahora el sendero aguarda con más misterios, con más incertidumbre que nunca. Lao Tse dice: “Titubeo y me muevo cauteloso por la vida porque no sé lo que ha de suceder. No tengo principios que me sirvan de guía. Debo decidir en todo momento. Nunca decido de antemano. ¡Decido cuando llega el momento!

(Foto: ayer a las puertas de Montsegur, en el Languedoc francés)

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